Viejos amigos

Datos de publicación (revista completa):

Publicación: Revista Albores Caipell

Año de publicación: 2022

Número | volumen: 3 | 1

Link de visualización: https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a

Cita: Etienne, P. (2022). Viejos amigos. Revista Albores Caipell, 3(1), 60. https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a

Paul Etienne

Cancún, México

Ya conocían su aroma, no necesitaban verlo. Con tan solo sentir su esencia era suficiente para que salieran a recibirlo con esa fidelidad característica de su especie. Movían la cola como señal de felicidad, mientras daban vueltas en su propio eje esperando a que la silueta de ese viejo hombre se hiciese presente.

De lo poco que él podía ganar guardaba algo para comprarles alimento. No tenía un trabajo estable y cada día era más difícil conseguir dinero. Salía desde temprano a vagar por las calles y ver si alguien se apiadaba de él y le daba algo. No tenía familia más que esos dos pequeños perros raquíticos a quienes encontró hace ya varios años; unos cachorros moribundos que rescató pensando en que serían buena compañía.

Mientras él salía a recorrer las calles, los perros hacían lo suyo. Buscaban comida en las pilas de basura de las casas del barrio arriesgándose a ser envenenados (pues el viejo ya había recibido varias amenazas por parte de los vecinos), a ser golpeados o a perderse incluso. En un buen día sacaban algunos huesos, sobras de comida que les llenaban el estomago contraído por el hambre; un pequeño suspiro entre tanta miseria.

Sin embargo, eran felices. Al llegar a la casa, él era recibido por sus viejos amigos quienes lo esperaban ansiosos y eso le alegraba. Por otro lado, ellos podían sentirse seguros de que al menos tenían un techo donde dormir en compañía de alguien que los amaba.

Una mañana como todas el viejo salió a buscar dinero. Se despidió de ellos acariciando el lomo de cada uno mientras una lágrima corría por su mejilla. Ya a la distancia los vio como meneaban la cola y ellos con sus rostros iluminados le deseaban un buen día. El viejo dio vuelta a la calle y se perdió entre el gentío que apresuraba el paso para llegar a sus respectivos empleos; la ciudad era caótica, nunca le gustó. Los perros por su lado pasaron toda la tarde buscando comida. Esa mañana el camión de basura les había ganado, ya no había nada. Pasaron toda la tarde lamiendo el suelo tratando de engañar al hambre.

Por la tarde, a la hora en la que el viejo debía llegar, no apareció. Su aroma no se hacía presente. Los perros obedientes no dejaban el umbral de la puerta, esperando, esperando a sentirlo o verlo, pero el viejo no llegó.

Esa noche los perros permanecieron afuera. En su poca educación sabían que solo podían entrar a la casa cuando el viejo estaba en ella. Esa mañana el viejo había tomado la decisión de irse, y no podía hacerlo con los perros. Había estado juntando algunos pesos y compró un boleto de autobús para su pueblo, lejos de esa ciudad amarga, egoísta, maliciosa. Le dolió muchísimo dejar a sus viejos amigos, pero no había nada que pudiese hacer. La única esperanza que tenía era que al menos los dos se harían compañía. Los viejos amigos se quedarían juntos, como los encontró cuando pequeños. Solo él volvería a estar solo.


Acerca del autor

Nació en Xalapa, Veracruz. Estudió Lengua y Literatura Francesa en la Universidad Veracruzana. Trabaja como profesor de Lengua para una escuela privada y en sus ratos libres lee cuentos.

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