Sueño número dos, antes de que el ciruelo no mintiera

Datos de publicación (revista completa):

Publicación: Revista Albores Caipell

Año de publicación: 2024

Número | volumen: 5 | 1

Link de visualización: https://www.calameo.com/read/006684502fe159c83f2fe

Cita: Escobar, D. (2024). Sueño número dos, antes de que el ciruelo no mintiera. Revista Albores Caipell, 5(1), 43-45. https://www.calameo.com/books/006684502fe159c83f2fe

Daniela Escobar

«Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él
desde el primer momento».
Milán Kundera

Ni un solo ruido, ni el del viento.

Mientras esperaba sentada sobre la nieve, observé mis pies descalzos e intenté mover los dedos. Fue inevitable soltar una pequeña carcajada al sentir los copos que salen del cuerpo cuando se entumece el frío de las venas azules. Alcé la mirada y mis ojos se besaron con los tuyos. Me tomaste de la mano con tu mano helada y empezamos a caminar; sabíamos con seguridad la dirección que tomaríamos.

A tu lado iba tu mejor amigo, con sus inmensos ojos azules por delante. Se mostró interesado en conocerme y me habló de un viaje a la playa este verano.

—Es el próximo martes, pasado mañana—. Me invitó.

No supe guardar la fecha en mi memoria pues para mí ese día era jueves o febrero; solo sonreí. Él se despidió y comenzó a adentrarse en un desierto, lo vimos desaparecer tras unas enormes dunas pero nosotros dos nunca nos detuvimos.

Llegamos a un hotel con una gigantesca fachada; techos altos y paredes amplias nos invitaron a entrar a un sitio de aspecto frío. Adentro estaban hospedadas cientos de esculturas de mármol que dormían en algunas esquinas, en su mayoría, y que sólo se movían para saludarnos cortésmente.

—Siempre había querido entrar a este lugar —lo dijiste sin soltar mi mano—. Al menos una vez por semana pasó por aquí y pienso que será para la próxima. —Continuaste admirando a varios de los huéspedes sin voltear a verme.

—Desde hace varios años vengo con frecuencia y me hospedo con varias estatuas del renacimiento, son serias y aburridas, pero me gusta su belleza y su silencio —te comenté casi indiferente. No te lo dije, pero desde ese momento supe que había estado yendo para conocerte. Mis pies siguen descalzos y tan helados como tus dedos entre los míos.

Bajamos unas escaleras de jade verde, casi tan obscuras como la multitud de ciruelas que me gritan “¡miente, miente!”. Las escucho al otro lado de la puerta que está al final del último escalón, y la cruzamos.

En aquel huerto el piso jamás dejó de ser de jade, jamás dejó de hablarme de eternas promesas, y para callarlo los ciruelos le arrojaban sus ciruelas, pero estas no se callaron. Tomé cuatro de ellas antes de que cayeran del árbol pues no aceptaba que no fueras para siempre. Ni un segundo me soltaste.

Al final de aquel huerto encontramos a la orilla de un barranco una gigante rueda de la fortuna.

—He buscado el valor para subirme pero nunca lo encuentro—. Te confesé sin poder sostenerte la mirada.

—Ayer pasé por este mismo lugar, quise intentarlo, pero creo que perdí mi dinero —me dijiste sorprendido, sin despegar tus enormes ojos grises de las palabras que habían flotado fuera de mi boca—. Quizá se salió por el pequeño agujero del bolsillo de mi pantalón, por eso ahora guardo algún membrillo, para que ya nada se salga. —Sacaste la fruta para ponerla en mi mano y una de las ciruelas que cargaba gritó: «¡Miente, MIENTE!», y me la comí o se la comió el membrillo que me habías dado.

“Dos ciruelas y algún membrillo”, decía el letrero para subir al juego.

Una vez sentados y el seguro puesto ya no hubo marcha atrás. Me sorprendió haber dicho que sí, jamás lo hubiera hecho de no ser tú quien me acompañaba. Comenzó a girar el aparato.

—Todo va a estar bien—. Al decirlo me abrazaste y yo como pude me aferré a ti.

Y la ciruela gritó «¡Miente, MIENTE!» Y no hubo membrillo para comérsela, y yo, por miedo, tampoco la comí. Al bajar ya sabías que me había dado cuenta y sugeriste ir a otro sitio.

—Ahí sí me vas a encontrar—. Me tocaron los helados copos de tu mano.

Entramos, mi mirada quedó fija en la luz de los espejos y, por primera vez desde aquel jueves o febrero, soltaste mi mano. Aquel espacio se llenó de versiones tuyas, todas tan lejanas como el huerto, las ciruelas, los membrillos, el jade, las estatuas, tu amigo, las dunas y el hielo de mis venas.

—¡Encuéntrame!—. Te escuché gritar dentro de mi cabeza, y arriba y a abajo. Pero no estabas y estabas en todos lados.

—¿Cómo saber cuál de todos eres tú?—. Me desesperé y solté la única ciruela que seguía gritando, cada vez más fuerte. Al golpear el piso esta sí se hizo pedazos. Entonces, como en un principio, todo fue silencio.

—Con una prueba—. Pensamos al mismo tiempo.

Busqué hasta el fondo de mi bolsillo derecho y encontré un billete de doscientos y dos de veinte. Detrás de mí escuché una voz tímida.

—Mi bolsillo de la camisa no está roto. Traigo lo mismo.

Entonces me di vuelta, tú sonreías como los membrillos, me mostraste esos tres idénticos billetes mientras tu otra mano tomó la mía. Tus dedos ya no estaban helados.


Acerca de la autora

Daniela Escobar. Nació en Tlaxcala, México en 1988. Ingeniera Ambiental por la UPAEP. En 2016 concluyó el Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de la SOGEM. En 2018 concluyó el diplomado de profesionalización del Programa Nacional de Salas de Lectura. Entre su obra se encuentra el poemario de ecopoesía PANTONE 347C (2016), y participa en las antologías Poetas Latinoamericanos por la Paz (2017), Letra espiral (2015), Coctel de letras (2013). Actualmente es promotora de lectura en el proyecto de fomento a la lectura y librería independiente ¡Echemos Cambalache! Desde 2018 coordina la comunidad feminista independiente, El lugar detrás del agua.

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