Reclamos de difuntos

Datos de publicación (revista completa):

Publicación: Revista Albores Caipell

Año de publicación: 2024

Número | volumen: 5 | 1

Link de visualización: https://www.calameo.com/read/006684502fe159c83f2fe

Cita: González, D. (2024). Reclamos de difuntos. Revista Albores Caipell, 5(1), 21-26. https://www.calameo.com/books/006684502fe159c83f2fe

D. J. González

Era un medio día ardiente. El sol estaba en su cénit. De a poco íbamos engrosando la fila. Todos estudiábamos en la misma escuela y vivíamos en el mismo barrio, por lo que era una ocasión obligada de encuentro. Éramos asiduos, los unos a los otros, lo que hacía monolítico a aquel grupo de amigos. Las reuniones de juego no tenían lugar físico predeterminado para llevarse a cabo, si no que eran producto de la sazón de la espontaneidad y la creatividad de sus miembros. Daba lo mismo, ir a jugar a la playa, a la plaza, al cerro, al río, al conuco de algún agricultor de la zona, a la casa de uno que otro miembro del grupo o, a veces, a casa de algún conocido. En fin, cualquier sitio era propicio a nuestros propósitos. También el cementerio presentaba posibilidades infinitas de diversión y esparcimiento, con el que llenábamos el tiempo de tránsito post escuela. Y es que estaba ubicado en el camino a casa, por lo que era muy frecuente la incursión en este.

Allí asistimos a tantos eventos de naturaleza extraña, relacionados todos al hecho mortuorio, y a las vicisitudes del cadáver como su producto, que hoy día, no tendríamos la templanza de entonces para contemplarlos. Como cuando presenciábamos la exhumación temprana de algún cadáver, lo cual era muy común, cuyos deudos, atareados en la búsqueda de una tumba para darle santa sepultura a un nuevo difunto, se veían forzados, a desalojar la osamenta de turno que ocupaba la tumba familiar, que por lo general, era de una sola fosa, ergo, estaba destinada a albergar a un solo muerto.

Cuando este era el caso, el cadáver, casi siempre, era exhumado por parte. Ya que su proceso de descomposición estaba en plena vigencia, lo que era producido por dos factores: la autolisis (ruptura de tejidos de sus propias enzimas y químicos del cuerpo), y la putrefacción (la ruptura de los tejidos por bacterias), y la caja que lo albergaba, esto es la urna, rebosaba de líquidos corpóreos que emanaban de la misma osamenta del finado: era un caldo espeso, sanguinolento, con restos de vísceras, mucosidades, partes blandas, y provisto de una activa fauna necrótica en plena faena de limpieza, propia de los cuerpos en deterioro. Este espectáculo generaba en algunos espectadores, tanta repugnancia, que causaba severos ataques de grima y asco, los cuales finalizaban con una arremetida virulenta de vómito, cuyo origen se encontraba en las entrañas mismas del espectador, y brotaban como lava ardiente de volcán activo.

Los restos extraídos, una vez dispuestos en bolsas plásticas, tenían dos destinos: o terminaban acomodados de costado en la misma fosa a donde iban a sepultar al nuevo difunto, o en una fosa común, cuya denominación frecuente era la peste, cuyos huesos, por lo general, terminaban arrasados por delincuentes que profanan las tumbas para robar algunas joyas dejadas como recuerdos y, por practicantes de brujerías y artes oscuras, para quienes los huesos son su principal insumo. El área era un lugar ideal para los hechiceros, quienes encuentran en el fondo de los sepulcros, su protector. Esta práctica es un secreto a voces en muchas partes del orbe.

La concentración de amigos en este lugar, era una de esas ocasiones en que añorabas el discurrir pronto del tiempo para reunirte con ellos. La necrópolis municipal siempre estaba sola. A penas se advertía la presencia de deudos cuyas pérdidas recientes todavía reventaban sus memorias, o de una tumba, cuyo cadáver había sido exhumado por las razones expuestas en acápites anteriores. El mismo exhibía un largo corredor de panteones atemporales, algunos más recientes, y otros correspondientes a periodos remotos, cuyos ladrillos a penas se mantenían en pie, de arquitectura variable. Algo si era cierto, esto último mostraba una clara división de clases, a las cuales pertenecían los finados, cuestión que no pasaba desapercibida, ni con motivo de la muerte.

En una incursión al mismo, como tantas que se sucedieron, Luís y José, dos miembros honorables del equipo, se treparon en la cornisa de un antiguo mausoleo, que estaba cadavérico y amenazante con desvanecerse como castillo de naipes. Tan antiquísimo, que la lápida estaba borrada por completo, de allí que el muerto o los muertos a los cuales pertenecía, no tenía o tenían nombres. En seguida identificaron la presencia de un grupo de huesos, tal vez perteneciente a uno o varios antiguos moradores de este, que habían sobrevivido al tiempo. En un descuido, Luís, en un arrebato de travesura, tomó un pequeño grupo de huesos sueltos, y con mucho sigilo, se los puso en el bolsillo de José, muerto de la risa. Este siguió jugando sin percatarse de lo que había hecho su compañero.

Desde entonces, José no llegó a tener un día tranquilo. A decir verdad, tampoco llegó a tener noches tranquilas. Nunca más pudo concebir sueño plácido alguno. Sufrió tal transformación, que quienes lo conocieron llegaron a pensar que estaba poseído por un extraño y alocado espíritu. La sinrazón se apoderó de él. También su familia fue objeto de tal preocupación, quienes consideraron seriamente que estaba loco. No se aseaba, andaba percudido, vestido con harapos, vociferando palabrotas en un lenguaje ininteligible. Torcía los ojos, de tal forma, que sólo la esclerótica quedaba expuesta, cuando en el pestañar, las persianas oculares quedaban abiertas. Su cuello literalmente daba una vuelta de trescientos sesenta grados, para el asombro y terror de muchos. También trepaba por cualquier superficie, con tal facilidad, que imitaba casi a la perfección, los movimientos de un reptil.

En una ocasión se escuchó un fuerte lamento que provenía del patio de la casa: «¡Ayyyy, Dios mío!», gritó su única hermana, que corriendo despavorida ante lo que se erigía ante ella, no podía creer lo que veía. José se suspendía en el aire, como levitando, y vociferando palabras en una jerga enrevesada. Su comportamiento daba cuenta de que su alma era presa de un ente superior de ultratumba. Esto fue la gota que derramó el vaso. Todo ello condujo a tomar, tal vez, una de las más difíciles decisiones de sus familiares: amarrarlo con una soga a la altura de su cintura y atarlo al árbol de castaño que estaba al fondo de la casa. Desde aquel momento vivió como un animal. La comida se la colocaban en un plato con sus respectivos cubiertos, pero él la lanzaba al piso de tierra para comerla mejor. En el pueblo no se hablaba de otra cosa, más que de la locura repentina de José. Por aquello, de que pueblo pequeño, infierno grande.

Sus amigos no podían creer lo que le estaba sucediendo a José. Se rompían los sesos buscando las razones de aquella locura espontánea.

—¿Señor Dios, qué le pasó a nuestro querido amigo? Si sólo ayer estaba jugando con nosotros—. Se preguntaban.

Fue así que Luís, se apartó del grupo, cavilando, mientras una lágrima recorría su rostro. Recordó el suceso de los huesos, de lo cual todos eran ignorantes. En razón de ello, y asustado por la suerte de su amigo, también de la suya, si las razones se hicieran públicas, su alma tampoco llegó a tener descanso. La locura también se apoderó de él, una locura callada, de esas que se sufren en solitario. Su herida no era visible por lo profunda de esta.

—Estoy seguro que se debe a aquellos huesos que le puse en el bolsillo. ¡Estoy seguro! ¡Estoy seguro!—. Se martillaba la cabeza con aquellas afirmaciones.

Lloraba a moco suelto, con el enorme peso de la culpa a sus espaldas, sin poder compartirlo con nadie. Era el producto de aquello que tenía por verdad —El muerto o los muertos a los que pertenecían los huesos, le reclamaban a Luís su devolución. Los difuntos los quieren de vuelta— se decía convencido de aquello.

Para corroborar su sospecha, a primera hora del día siguiente, fue a visitar a una vidente que vivía a las afueras del pueblo, a quien todos tenían como farsante, incluyéndolo a él. Pero la incomodidad de cargar con la culpa, él solo no le dio razones valederas para rechazar, tal vez, a la única aliada de aquella canallada de la cual había sido autor en la persona de su mejor amigo. Pero lo que siguió después, lo dejó perplejo. La puerta se abrió, cuando apenas él iba a tocarla.

—¿La culpa te hiere, verdad? La sientes como daga que clava tu alma —le dijo la vidente—. Sí, tú eres el culpable —le dijo con seriedad—. Esos huesos que colocaste en el bolsillo izquierdo del pantalón de tu amigo José, son el origen de todos sus males —concluyó la mujer—. Los dos difuntos a los que pertenecen tales huesos, no van a descansar hasta que él se los devuelva —le dijo como poseída por seres celestiales.

Luís no podía creer el profesionalismo atemporal de aquella mujer que todos creían mentirosa.

—Entonces, ¿qué debo hacer?—. Llorando y de rodilla le suplicó.

La mujer, con aires de grandeza, con el asombro a flor de piel, de haber develado el único caso después de toda una vida dedicada a la clarividencia, le contestó:

—Debes hacer todo lo posible para que devuelvas esos huesos a sus dueños: los difuntos. De lo contrario, olvídate de tu amigo. Los seres de ultratumba no lo dejarán tranquilo, hasta que sus reclamos sean escuchados y, en consecuencia, sus huesos devueltos—. Sentenció a manera de conclusión. Acto seguido entró a la casa, cerrando la puerta en sus narices.

A altas horas de la noche, Luís entró al patio de la casa de José, quien tenía los ojos abiertos y perdidos en la penumbra de la noche quieta y húmeda. No fue difícil hurgarles los bolsillos del pantalón. Revisó primero el izquierdo, tal como le había pedido la vidente.

Se asombró al no encontrar nada. Prosiguió con los tres restantes, y nada.

—¿Será que le cambiaron el pantalón? —se dijo en silencio.

Hizo un grande esfuerzo para acordarse de las características del pantalón que José tenía puesto aquel aciago día. Pudo ver que era el mismo. Entonces, ¿qué pudo haber pasado con esos huesos? —volvió a preguntarse con una voz tan callada, apenas audible—. De manera sigilosa, encendió la linterna buscando por todos lados. No veía rastro de ellos. Esto lo sumió en un profundo estado de terror, con la culpa, ya no como daga que se clavaba en su espalda, sino como sable que cortaba cada uno de sus órganos vitales. Aturdido, continuó alumbrando el lugar que hacía las veces de casa de su amigo. En eso andaba, cuando vio a un par de perros que jugaban, a pesar de la hora, con dos pequeños huesos, más parecidos al de una mano humana, que a los acostumbrados huesos utilizados por ellos. Se disponían a enterrarlos, cuando se les abalanzó encima procurando hacerse con estos. Los perros, al mismo tiempo, se los llevaron a la boca de un solo golpe. Engulléndolos al unísono. Luís cayó al suelo, emitiendo un agudo y doloroso llanto.

—¡Nooo, Señor! ¡Noooo!—.

Mientras miraba al cielo estrellado, se levantó y, con más determinación que nunca de arrebatarles los restos óseos de sus acolmillados hocicos, persiguió a los canes, quienes al verlo así, salieron corriendo espantados. Esto no quebró en él su disposición de arrebatarles los huesos y devolvérselos a sus legítimos dueños, liberando así a su amigo de aquella terrible pesadilla, y a su alma de tan desalmados seres.

Se retiró a su casa, hilvanando en su cabeza un nuevo plan. Fue directo a la cocina, tomó dos cuchillos de matarife. Volvió al lugar donde los perros dormían plácidamente. Sin pensarlo dos veces, y con la mente fría de un asesino, casi sin hacer ruido, le clavó el cuchillo en el pecho, a la altura del corazón, al más anciano. Luego lo tomó por la cabeza para que transitara al otro mundo bajo el más absoluto de los mutismos, sin que pusiera en alerta al más joven. El animal quedó tendido en un enorme charco de sangre cuya mancha parecía no tener fin, ya que seguía creciendo, empapando todo el ámbito del lugar. Temeroso de que el otro despertara, al sentirse enchumbado de aquel oscuro, viscoso y caliente líquido, se le abalanzó como loco con el cuchillo en la mano, lanzando cuchilladas, sin son ni ton, con la suerte para él, no para el can, que todas daban en el cuerpo de este. La muerte le sobrevino de inmediato mientras todavía dormía, pasando de un sueño a otro. Su vena yugular fue partida en mil pedazos. El asesino, todavía eufórico, y consciente de que aún no había cumplido con su cometido, se dispuso a destriparlos para extraerles los huesos. Habiéndolo hecho, se dedicó a hurgar a tientas en las tripas de los animales en aquella oscuridad, a penas alumbrada por el pobre haz de luz que la linterna le proveía.

A pesar de aquellas condiciones, José, bañado en sangre como cualquier matarife, pudo dar con tan preciado botín. En efecto, eran dos falanges —la primera— de un mismo dedo, y de una misma mano, condición que daba cuenta de que tales huesos les pertenecían a dos personas distintas. En seguida pensó en la vidente, cuando afirmó que eran dos los difuntos involucrados en el reclamo. Una vez en su poder, salió raudo hacia el cementerio a hacer entrega de lo que nunca debió tomar. A tan altas horas de la noche la necrópolis estaba solitaria, también cerrada con llaves. José tuvo que saltar la cerca periférica. Se dirigió al vetusto mausoleo, desandando cada paso que dio al momento del asalto y extracción de tales huesos. Llorando. Vociferando una letanía lastimera que solo podría corresponderse con un acto de súplicas y disculpas, a quien pudiera interesar. Ya el día estaba por despuntar.

A la mañana siguiente, Luís presentó su mejor cara desde el inicio del evento. Tranquilo, como si nada hubiera sucedido. Su familia estaba feliz. En seguida lo liberaron. Desataron el nudo de la cuerda que lo ataba. Éste no se enteró de su liberación. Ni si quiera se inmutó por ello. Seguía como perdido en el limbo, a pesar de su sana apariencia. Su familia quedó atónita, cuando vieron que tomó la cuerda y rehízo el nudo que ellos habían desasido, uniendo de nuevo su destino al del árbol. Luís, nunca más quiso abandonar aquel lugar, a donde la travesura de su mejor amigo lo había condenado. Como si aquellos entes de ultratumba se hubieran apoderado de su alma por y para siempre, a pesar de que sus demandas quedaron satisfechas. De allí, nunca más pudieron desunirlo, como si el castaño y él, fueran uno solo.


Acerca del autor

D. J. González (Provincia de Montevideo) Economista. MBA en Ciencias Administrativas. Aspirante a Doctor en Ciencias Sociales-UCV (Con todo menos tesis). Profesor de Economía. Especialista-Consultor en Sistemas de Gestión. Cuentos: 1. Adiós, Otelo! Finalista en la edición de FELA Ediciones-Ecuador “Antología del nuevo cuento latinoamericano, 2. El Retrete, cuento Participante en el I Premio Internacional de Cuento Rafaela Cuevas Jiménez de Editorial FELA ediciones-Ecuador, donde obtuvo: 1er finalista y mención de Honor; 3. Libro: Más por costumbre que por fe- Hoja en Blanco Editorial, entre otros.

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