Preparar un funeral
Datos de publicación (revista completa):
Publicación: Revista Albores Caipell
Año de publicación: 2024
Número | volumen: 5 | 1
Link de visualización: https://www.calameo.com/read/006684502fe159c83f2fe
Cita: Olasagasti (2024). Preparar un funeral. Revista Albores Caipell, 5(1), 49-52. https://www.calameo.com/books/006684502fe159c83f2fe
Ezequiel Olasagasti
Fui el último en llegar. Según me dijeron, la ambulancia se había ido hacía una hora con el cuerpo. Todos estaban en el patio. Mi hermana María gimoteaba sobre el hombro de su esposo, casi no podía hablar. Mis dos hermanos me recibieron con un abrazo fuerte y prolongado, lleno de palmadas que casi me rozaban los pulmones. Sus respectivas esposas se acercaron a darme el pésame, no les di un gran abrazo, fue más un saludo seco, de protocolo. Intenté no arrojarles el humo del tabaco en sus cabellos que parecían arreglados y cuidados en exceso.
Mi hermana, ya recuperada, se acercó hasta el rincón que había ocupado. Ahí me dispuse a terminar de fumar mientras inspeccionaba las plantas. Me hizo notar lo obvio, que no llegué para ver al abuelo y me preguntó por qué tardé tanto. Le respondí que no tenía a nadie que se quedara en la farmacia; le conté que tuve que cerrarla y eso lleva su tiempo. Tímida, intentó darme un abrazo, pero no terminó de avanzar del todo por lo que quedó en un toque sobre los hombros. La miré y le dije que la tristeza colmaba el día, que era toda una macana enorme. Ella me respondió que no se me veía muy triste y preguntó dónde estaban mis lágrimas. Le dije que las había soltado todas en mi pequeño pañuelo de tela ese mismo día, al enterarme de la noticia. Le dije que una hora llorando me parecía más que suficiente y, que para cuando llegué a la casa del nono, ya había asimilado todo.
Raimundo, el mayor de nosotros, le pidió a María que dejara de molestarme. Le hizo saber que los hombres no lloran, y si lo hacen es a escondidas. Por fortuna, el machismo autoritario de mi hermano me salvó de una serie de preguntas que la verdad no quería responder. María se alejó sin decir nada.
Luego de unos minutos había terminado mi pipa, me disponía a limpiarla y guardarla. Mis hermanos conversaban haciendo a sus parejas parte del diálogo. Héctor, el segundo en la hilera fraternal, se lamentaba por no haberse enterado antes de la noticia, no despegaba la mirada del suelo. Por lo que se sabía, el nono hacía varios días que yacía fallecido sin que nadie se percatara, hasta que el natural olor de la descomposición del cuerpo alertó a los vecinos. Se lamentaron todos, no solo Héctor. Se lamentaron con una vergüenza pegajosa que yo también hubiera sentido de ser ellos.
De inmediato volvieron los achaques a mi persona (me pregunto si fue para olvidar un poco sus culpas). Me recriminaron que, al vivir tan cerca, cómo es que nunca pasé a verlo. Me llamaron insensible. Tuve que escuchar el discurso sobre lo mucho que debieron viajar al vivir tan lejos; de cómo el marido de María rompió una de las ruedas de su auto entrando en las calles tan rústicas del barrio, cual bombero. Golpeé mi pipa contra la pared mientras escuchaba y pensaba si retrucarles que ellos, en ocho años, nunca habían venido a ver al nono. Soplé un poco la boquilla mientras pensaba también que el hermoso auto del marido de María se los había regalado el abuelo en su boda. Le pasé un trozo de tela húmeda (para extinguir cualquier tipo de braza rebelde) y me debatía si hacerles notar que esos lugares tan lejanos de los que hablaban, no eran más que las casas que fue armando el nono con cada moneda extra que le sobró de su vida laboral. No dije nada. Miré cómo el cielo se iba haciendo cada vez más negro, en ese único hueco que regala el patio de la casa chorizo.
Entré un minuto a reunirme con ellos, noté que ya había empezado el debate sobre los gastos del entierro. De la nada, María volvió a caer en el llanto lamentándose. Entre el poco espacio que dejaba su mano al cubrir su boca, se le oía escapar el nombre del abuelo. Parecía muy consternada, como si fuera sorpresiva esta defunción. Claro que lo entiendo, ella debía tener en la mente la imagen del abuelo de hace doce años atrás (la última vez que lo visitó). Debió pensar que el pobre viejo seguía como en esa época, que podía caminar y moverse a voluntad, que los pulmones no le rechinaban como bisagras viejas al respirar. Doce años atrás, no lo veían llorar por la vergüenza de contarme que no había llegado al baño a tiempo.
Si alguno de los tres hubiese venido a alguno de sus últimos diez cumpleaños, por ejemplo, habrían notado lo cerca que rondaba la parca. Lo que más me lastimaba de su condición, era ver que lo único que no flaqueaba era su mente. Estaba lúcido, consciente de todos sus dolores y penares. Sin mencionar que recordaba día a día a cada uno de sus nietos. Les deseo todavía que hubieran visto sus ojos en los últimos años para que comprendan mejor todo.
Terminamos de arreglar la totalidad de los gastos, y una vez más, en mis oídos cayeron toda clase de improperios por no tener más que cincuenta pesos para poner en la colecta del funeral, mientras que ellos pusieron doscientos como mínimo. Estuve tentado de decirles (juro que me costó no hacerlo) que varios mangos se me fueron en sobres que partieron, desde esa misma dirección, a sus casas para navidad o para cumpleaños de algunos de sus hijos, con nombre del abuelo, por supuesto. Cómo resistirme a su pedido, “después te lo devuelvo” me decía el viejo, “son tus hermanos, son tus sobrinos”, me agregaba para que no dudara. Tal vez si le sacaba los gemelos del traje a Raimundo o el coqueto sombrero a la esposa de Héctor para venderlos, hubiese pagado mi cuota con creces. De todas formas, estoy seguro que fueron comprados con la plata que llegó en los sobres.
Arreglaron toda la casa para que oficie de lugar de velación. Yo pedí disculpas y me retiré. Seguro me dijeron alguna que otra cosa más, pero a decir verdad no los escuché, ni me importaba tampoco. Llegué a la farmacia, me saqué el sobretodo, el sombrero y la corbata. Me aflojé un poco los tiradores. Encontré la caja de frascos de arsénico apoyada con descuido en el fondo del local, me había olvidado de ella desde hacía días cuando la había abierto. Ya que había sacado un frasco, decidí que lo mejor era sacar los restantes para acomodarlos en un estante.
Escuché la campanilla de la puerta al abrirse. Pensé que sería algún cliente pero, al darme vuelta, recibí un golpe de María que me hizo completar el giro. No pudo seguir pegándome porque los policías la detuvieron. Lo que no pudieron detener fue su boca que me arrojó cientos de insultos entre ahogos de llanto. Uno de los oficiales, de manera firme pero muy cortés, me tomó del brazo y me pidió que lo acompañe hasta la patrulla porque estaba detenido. Al mirar el frasco que tenía en la mano me arrojó una mirada que me quemó las pupilas. Me agitó el brazo hasta que dejé caer la pequeña botella al piso. El arsénico nos bañó las botas, tanto al policía como a mí. No tenía la energía para resistir-me y mucho menos quería saber por qué lo hacían, los acompañé sin queja alguna. Antes de salir, me dejaron tomar (con la mano que todavía no me habían esposado) un pedazo de papel que mi hermana dejó en el mostrador antes de pegarme la bofetada. Estaba sucio y húmedo por fuera, pero en su cara escrita el blanco era inmaculado. Decía:
“A quien corresponda (rogaría que fuese la gente que me quiere y a quien yo amo). Cuando lean esto, yo ya no estaré en su mundo, pero estaré en paz. Tuve una vida larga y feliz en inmensidad, por lo tanto, les pido que no sufran por mi partida. No es esto una salida de cobarde, o tal vez sí, pero si vivieran un día de mi actual vida lo entenderían. Si hasta me duele escribir esto, imagínense. Creo que hace rato llegó la hora de partir, pero pareciera que Madame La Mort lleva su hoz desafilada. Esto me obliga a terminar de cumplir su trabajo.
Ya no tengo la fuerza de girar un tambor lleno y mucho menos de presionar el gatillo. Un trago y a dormir. Y paz al fin.
Adiós. A.Q.”
Los policías me sacaron con la cabeza gacha y de un empujón me metieron a la patrulla. Cuando dimos vuelta a la primera esquina, y ya lejos de cualquier conocido, le pedí al oficial si me dejaba fumar. El que me aprendió, vuelvo a repetir, muy servicial, me puso un pucho en la boca. Con mis manos esposadas, pero aún delante de mí, saqué el encendedor y no sólo prendí el cigarro sino también el pequeño papel que dejé en el cenicero del patrullero. Solté la bocanada mientras miraba por la ventana y no pude resistirme de decir “de nada abuelo, de nada”.

Acerca del autor
Ezequiel Olasagasti nació en 1989 en San Nicolás, pero se mudó de muy chico a Morón, su lugar en el mundo. Es escri-tor y periodista. Tiene tres libros de cuentos: “El hueco del relámpago” (Editorial Expreso Nova, 2015), “Espejo convexo” (Editorial Imaginante, 2017) y “La gente dice amar la lluvia” (Editorial El bien del sauce, 2020). Durante la cuarentena sacó un libro digital de relatos y poemas de forma autogestiva llama-do “Consideraciones sobre los goye-tes” (2020). Publicó varios de sus cuentos en antologías y revistas literarias de Argentina, México y España. Escribe artículos y cuentos deportivos para el medio Globalonet y se encarga de la sección literaria de la revista Crítica no especializada. Conduce el programa de radio “No me hables tan temprano” y el podcast literario “Infinitos monos”.




