Luna menguante

Datos de publicación (revista completa):

Publicación: Revista Albores Caipell

Año de publicación: 2022

Número | volumen: 3 | 1

Link de visualización: https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a

Cita: Reyna, S. (2022). Luna menguante. Revista Albores Caipell, 3(1), 57-58. https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a

Saúl Reyna

Guanajuato, México

Dejé mi hogar desde hace años. Tantos que casi no recuerdo el rostro de mis padres, hermanos o las voces de mis propios hijos, si es que los tuve. Si pertenecía a una familia, es claro que la dejé atrás y se ha convertido en un sueño. No sé cuánto tiempo ha pasado, un día, un mes, un año. Por más que lo busco no hay registro en mis recuerdos, Solo sé que, cada día, mientras camino, vienen a mí imágenes de aquellos momentos en los que sonrío, abrazo y descanso junto un montón de personas que supuestamente he de reconocer, pero no es así. Hoy carezco de memoria de una vida pasada. El único recuerdo que tengo es de mí mismo, parado frente a una puerta abierta y, al pasar aquel umbral, se alzaba la ciudad en la que la había crecido.

Era una escena nocturna, hermosa y temible al mismo tiempo. El azaroso y casi laberintico camino de calles y callejones, que pueden perder a cualquiera que no esté familiarizado con la ciudad, lanzaba una atenta invitación a que saliera a dar un paseo. Y así, fue como empezó todo. La noche me devoró casi sin darme cuenta, mientras caminaba por una calle iluminada a medias por faroles que se extendían a lo largo de esta y pardeaban antes de apagar su luz completamente por unos instantes, para al final, volver a encender. En los instantes en los que aquellos faroles se apagaban, la calle se dejaba iluminar por el resplandor de la luna menguante, como si su luz y su forma me estuvieran enviando un mensaje que debía descifrar.

Durante diez segundos que la luna resplandecía en su cenit de medianoche y las farolas urbanas se apagaban, sonaba a lo lejos un grito casi fantasmagórico, lleno de dolor y tristeza, como si alguien estuviera desgarrando por dentro a la voz que gritaba. Al principio me fue difícil descifrar qué era lo que decía el aullido espectral, pero con el paso de la noche y el brillo lunar, ese grito se fue acercando a mí. El sonido se torno confuso, pues, más que una voz que rompiera el silencio de aquella calle en la que me encontraba caminando, parecía un pensamiento mío.

¿Cómo era posible que dentro de mi cabeza se escondiera un sonido de tanto dolor? “¿Por qué?” fue lo que dijo la voz la primera vez que logré identificar las palabras. La noche era tan bella e hipnotizante que lejos de sentir temor por aquellos lamentos, simplemente seguí caminando, como si hubiera algo en mi ser, algo inconsciente, que me empujaba a seguir, que me decía que la única forma de estar seguro de los peligros de aquellos gritos era no parar.

“No hay nada que hacer” resultó ser la siguiente frase que escuché y al momento de que el grito dejó de sollozar, comenzó a llover. Era una lluvia tupida y estruendosa, pero aún así, la luna menguante no desapareció del cielo y yo no dejé de caminar. Aquellas gotas no me molestaban, se sentían cálidas y, de alguna forma, entre más pasaba bajo la lluvia sentía que algo limpiaba mi ser y el sonido de las gotas acallaban el grito que me seguía.

Con el pasar del tiempo la lluvia desapareció y las farolas se fundieron completamente, dejándome solo con la belleza de la ciudad, su calles y callejones, y la luz de la luna que se alzaba menguante cual guadaña. Fue en ese momento en el que caí en cuenta que llevaba horas caminado, por la misma calle, sin doblar ni una sola vez y la posición de la luna no había variado, pero aun así seguí caminando.

De pronto, llegué sin darme cuenta a los límites de la ciudad. Ahí se alzaba un muro de niebla al cual presentí que debía pasar para seguir mi camino. Justo en el borde que divida el fin del camino y el muro de niebla se encontraba un hombre de traje oscuro y semblante serio, al cual miré y pregunté:

—¿A qué lugar llegaré si sigo por este camino?

—Pasa la niebla y sigue derecho, llegarás a Carcosa —contestó.

Esas fueron las últimas palabras que emití y las últimas palabras que escuché. Antes y después de aquella noche, no tengo recuerdo alguno.


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