La sinfonía del ausente
Datos de publicación (revista completa):
Publicación: Revista Albores Caipell
Año de publicación: 2024
Número | volumen: 5 | 1
Link de visualización: https://www.calameo.com/read/006684502fe159c83f2fe
Cita: Ramírez, J. (2024). La sinfonía del ausente. Revista Albores Caipell, 5(1), 58-60. https://www.calameo.com/books/006684502fe159c83f2fe
Jhonatan Adderly Ramírez Huerta
Despertó de un profundo sueño. Estaba aún sentada en el auto, tal como llegó la noche de ayer, luego de visitar la tumba de su difunto esposo. Aquel fue un notable y reconocido escritor con más de un centenar de publicaciones en su carrera literaria, entre dramas, cuentos y novelas. Además, en muchas ocasiones, llegó a ocupar cargos públicos importantes, como embajador, ministro, diputado y director de la biblioteca nacional.
La joven viuda, en cada una de sus visitas, con meditación pausada y melancólica, tocaba el nombre de su esposo en aquella inscripción sepulcral sobre el mármol de la lápida cuyo epitafio tenía por escrito una pequeña frase: «Ahora solo soy un personaje sustraído de uno de mis libros».
Era de madrugada y, con la llovizna, las ventanas del auto se estrenaban mojadas y opacas. Frotándose los ojos, amarrándose el cabello y mirándose en el espejo del retrovisor, se apeó con cartera en mano. Entonces se colocó un gabán oscuro para protegerse del frío. La ausencia de transeúntes se hacía extrañar. Lánguidos y vetustos faros de alumbrado público apenas iluminaban aquella madrugada asolada por neblinas. Las ramas de un ciprés, y los arbustos ornamentales de su jardín, eran zarandeados por un vendaval repentino. Y ella, ligera, cruzó el umbral de su vasta mansión, se quitó el gabán y lo colgó en un perchero junto a su cartera. Dejándose soltar el cabello, empezó a encender un cigarrillo y empezó a fumar contemplando el cuadro donde estaba retratado su amado fallecido. El 23 de diciembre de 1953, el pintor austríaco, Maximilien Gruber, lo había pintado en uno de sus talleres de Bélgica. Aquello ocurrió en la época en que su esposo presentaba su última novela, en Gante, justo antes de fallecer; y fue una de sus presentaciones literarias más concurridas. Sus seguidores, y lectores del mundo, estaban a la expectativa de su delicada salud y avanzada edad. Lo consideraban una de las personas más importantes y cultas de la época de oro de la literatura universal.
Luego de contemplar aquel cuadro, y antes de subir a la alcoba, se fue a encender la música de fondo. Era la «Toccata and Fugue in D Minor» de Johann Sebastian Bach. Vislumbró la bruma y las gotas de llovizna en el cristal de su holgado ventanal. Empezó a subir los peldaños de una escalera alfombrada, que llegaba a un largo pasadizo adyacente a varias habitaciones. El fondo de la música se perdía de forma paulatina a medida que avanzaba hacia su alcoba. El silencio empezó a perpetuarse de inmediato, pero en la habitación del fondo se logró oír el tecleo continuo de una máquina de escribir. Embargada por la curiosidad, se dirigió con calma a dicha habitación. La puerta estaba semiabierta y, empujándola con suavidad, pudo observar el alto respaldo de un sillón de terciopelo negro. En él se podía ver la cabeza de un hombre misterioso que tecleaba en la máquina de escribir de su esposo, ese tesoro que él había conservado siempre con gran recelo.
La sorpresa fue impactante al descubrir que, aquel hombre, era uno de los personajes de la última novela de su esposo. Un excéntrico holandés que halló la muerte en un cruce-ro, luego de perder todas las apuestas en el casino. Al no tener más dinero que apostar, y confiado en su habilidad en los juegos de azar, apostó su propia vida con la intención de recuperar lo perdido.
—¿Qué haces aquí? Tú solo eres un personaje de la novela de mi esposo. ¿Cómo llegaste hasta acá?
—Tranquila, mi dama, estoy escribiendo una novela. Justo estoy en el capítulo donde tú acabas de llegar a casa luego de visitar la tumba de tu esposo, cuando, de pronto, te llevas esta sorpresa —respondió el hombre, con una sonrisa en los labios.
Ante esta respuesta, la mujer salió corriendo de inmediato hacia su habitación. Tras abrir la puerta, se encontró a ella misma durmiendo con profundidad. El despertador estaba a punto de sonar y, de golpe, se cerró la puerta. De pronto, la mujer que dormía, se despertó muy asombrada por ese sueño. Se logró reponer muy rápido y volviendo en sí, empezó a beber varios vasos con agua de la jarra azul de su velador. Se puso una bata acogedora y se fue a la habitación donde antes escribía su esposo. La máquina de escribir tenía una hoja puesta y lista para ser escrita. No había nadie, el silencio se perpetuaba en su interior y, tras cerrar la puerta, empezó a caminar por el pasadizo. Logró oír paulatinamente la música de «Toccata and Fogue in D Minor» de Johann Sebastian Bach.
Sorprendida bajaba aún por aquella escalera alfombrada, halló tiradas por la sala algunas colillas de cigarrillo. La melodiosa sinfonía de Bach se silenció, empezó a abrir las persianas de su ventanal y, detrás del cristal, pudo observar su auto empapado por la lluvia. Al final, tomó el retrato artístico de su esposo y, sirviéndose una copa con vino, se sentó en el sofá. Muy pensativa bebía el vino y, como si fuera un presagio, le hablaba con atención al cuadro:
—Amado mío, hoy no iré a verte. Está lloviendo muy fuerte allá afuera. Además, hoy soñé que te visitaba en el cementerio, y no sabes… todo fue muy ajetreado.
Al término del monólogo, de inmediato se quedó dormida con el cuadro en brazos y, en ese instante, dejó caer su copa sobre las baldosas polícromas. De pronto, un nuevo sueño empezó a atormentar a la acongojada mujer.




