La flor de la escarcha

Datos de publicación (revista completa):

Publicación: Revista Albores Caipell

Año de publicación: 2022

Número | volumen: 3 | 1

Link de visualización: https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a

Cita: Hinostroza, M. (2022). La flor de la escarcha. Revista Albores Caipell, 3(1), 70-71. https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a

Marvel Hinostroza

Concepción, Perú

Cuando la tierra se vio infectada de enfermedades extrañas y se secaba la sangre en las venas y la humanidad agonizaba producto de ellas, iniciaba la era de la extinción de los seres vivos. El agua era escasa, las plantas solo existían en dibujos o trazos ilegibles en viejos libros ilustrados, los frutos frescos no existían, las aves dejaron de volar y la nieve tan solo era una ilusión perdida entre mitos y leyendas.

Los seres humanos sobrevivían como podían, alejándose unos de otros por miedo a contraer la muerte. Así, una familia que vivía en una cueva acababa de enterrar a la madre y al hijo que no pudo parir. El padre muy triste se refugió en lo más profundo de la cueva, dispuesto a dejarse morir de hambre y sed, que para entonces el pobre hombre era solo hueso y pellejo. Cuando llegó hasta donde le daba el cuerpo por la estrechez de la caverna, se echó sobre las piedras a esperar al Achkay. De pronto notó un bulto debajo de su espina dorsal, se sentó a tratar de ver qué es lo que le estaba estorbando, al no distinguir el objeto optó, con pereza, pero con mayor curiosidad salir de la cueva para averiguarlo. Era un viejo atado de fibras de maguey, en su contenido había unas borrosas inscripciones grabadas en madera de eucalipto, si, eucalipto que desde muy niño no veía. Los limpió con cuidado, los ordenó a la vista y pudo leerlos a duras penas. De sus ojos amarillentos le brotaron sangre a manera de lágrimas. Levantó la cabeza y ante sus quemantes pupilas se extendía tierra extensa, reseca y estéril, que según los viejos escritos que encontró, fue un gran valle fértil. En esos instantes, lejanamente en sus memorias recordó un poco de vegetación marchita y un río negruzco recorriendo esas tierras. Cuando terminó de leer las tablillas, con el mismo mimbre de maguey se hizo una canasta, metió lo último que le quedaba y partió hacia donde le indicaba su destino.

Por fin llegó a donde alguna vez fue la laguna Janchiscocha con sus patos y totorales, desde ahí ahora tenía que subir a la cumbre de los cerros para encontrar lo que se indicaba en los escritos. Mientras subía por el agreste camino de piedras negruzcas, su mente recorría imagen por imagen lo que había descubierto; cómo era posible que el destino de los hombres se repitiera una y otra vez, el equilibrio se había roto hacia la triste extinción de los seres, era ya tiempo de la alternancia, del nacimiento de una nueva humanidad.

Cerca de la cumbre, sobre los restos de lo que alguna vez fue un gran nevado, el hombre se detuvo a descansar. Cómo encontraría lo que en tiempos remotísimos el Apu dejó como herencia a sus hijos, pensaba el hombre. Si los escritos tenían razón, a comienzos de esta era, que está por irse, existió un lugar llamado Amarucancha; hogar de Amarus, que con sus luchas aseguraban la tranquilidad y armonía de los hombres, qué tipos de luchas, pues la del bien y del mal.

El texto le indicaba que al final de la era, del cielo bajaría la luz del Tulumanya para posarse sobre la cumbre de la montaña que da sombra por el este a la laguna Janchiscocha; antiguo lugar de descanso de las gigantescas serpientes aladas, de los Amarus. Y tal como lo indicaba el escrito, en los últimos años los escasos pobladores aledaños habían visto caer aquella luz. El hombre buscó un buen refugio, y esperó quién sabe cuánto tiempo a que se abrieran las nubes negras para dejar pasar al Tulumanya, la luz del nuevo comienzo, que allí donde se posase florecería, por solo un día, el Sullawayata. Eso indicaba el escrito.

El hombre que ya agonizaba de hambre y sed por fin pudo ver el arco iris abrirse paso entre la atmósfera contaminada. Lo esplendido de sus colores estremeció el corazón del hombre. Se arrastró como pudo, cuando llegó al lugar notó que, entre alfalfa recién florecida, nacía una flor cristalina, que derramaba de sus pétalos pequeños rocíos. Efectivamente, era la flor de la escarcha, el Sullawayta, flor sagrada y temida por los antiguos. Según los escritos dejados en la cueva, al arrancarla de la tierra, de donde se posasen sus raíces nacerían las serpientes aladas, los Amarus, estos seres divinos recorrerían el ancho mundo vomitando de sus entrañas granizo y tempestades que inundarían hasta la montaña más alta de la tierra. 

Al tocar la flor, el hombre sintió por primera vez el frío punzante de la escarcha, la piel de las manos le quemaba con el ardor extraño que provoca el frío extremo. Se armó de valor y de un solo tirón la arrancó de la tierra cayendo de espaldas al suelo, ya sin fuerzas puso la flor de la escarcha sobre su pecho, este no tardó en derretirse, la sensación era similar a lo helado del corazón que le dejó la muerte de su esposa y del hijo que no conoció.  

La semilla para un nuevo comienzo empezó a florecer, el agua brotó a borbotones del suelo, la tierra empezó a temblar y se escuchó explosiones como erupciones. El hombre con su última mirada hacia el cielo, alcanzó a ver a las serpientes aleteando, escupiendo nieve, granizo y cataratas torrenciales de fresca lluvia.


fotografía del colaborador Marvel Hinostroza
Acerca del autor

Marvel Hinostroza. Licenciado Tecnólogo Médico con especialidad en Radiología, egresado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Nació en el corazón de la sierra peruana en la provincia de Concepción (Junín). Desde muy pequeño sintió apego a las letras, a la poesía, a la ciencia como inspiración literaria y al estudio de la geopolítica como fuente primera de la realidad. Desde siempre ha escrito poemas y cuentos inspirados en los andes y en la tempestad del corazón humano. Algunos de estas obras fueron publicados en diversos concursos en España, Argentina y EE. UU. En Perú ha publicado un libro de cuentos y relatos titulado La Comedia Peruana que reúne la realidad peruana en tiempos contemporáneos, además, un poemario de título Tempestad. Participó en antologías de cuentos y relatos: Cuántico, De los niños será este mundo, entre otros. Es admirador de Tolstoi y Arguedas y sigue sus pasos con fervor y amor a la literatura; pero, sobre todo, marcando su propio estilo en sus letras de sentimiento humano hacia el ser desposeído que por siglos ha sido arrinconado a la indiferencia.

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