La caja
Datos de publicación (revista completa):
Publicación: Revista Albores Caipell
Año de publicación: 2022
Número | volumen: 3 | 1
Link de visualización: https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a
Cita: Garcés, S. (2022). La caja. Revista Albores Caipell, 3(1), 74-75. https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a
Santiago Garcés Moncada
Itagüí, Colombia
Hoy mi mujer me ha comprado una caja de tapabocas, desde que entró a la casa noté su mal humor de los últimos días, dejó la bolsa sobre la mesa y sacó la caja lentamente, la echó en mi maleta sin decir palabra y me entregó la factura del remate donde la compró, doce mil pesos, cien unidades desechables, promoción de fin de semana. Una vez terminé de leer lo que decía aquel papel procedió a iniciar su retahíla de reproches, que está harta de que todos los días bote el cubrebocas por descuido en el camino del trabajo a la casa y con ellos malgaste el dinero que se despilfarra al comprar uno diario. Con las manos al aire me regañaba, refunfuñaba que por lo menos así nos saldrían más baratos y me señalaba, con esa mirada de enojo que no necesita palabras, como diciéndome que la plata no es para estarla botando, lo que ella desconoce es la razón por la que siempre los pierdo al regresar cada tarde del trabajo.
La estación Bello del Metro siempre se abre pasadas las 4:30 de la mañana, a veces un poco antes cuando me da por llegar más temprano de lo habitual. Yo me levanto de madrugada, como a eso de las tres pasaditas, me lavo el cuerpo bajo el chorro helado anhelando una ducha tibia, pero no es tan malo como suena, ya la espalda acostumbrada apenas siente la presión del agua que estaba a punto de congelarse en la tubería. Al terminar corro la cortina con cuidado para no hacer mucho ruido en la varilla de aluminio y me seco rápido antes de salir del baño, dando golpecitos con la toalla para calentarme las piernas, me pongo el uniforme que me espera en un gancho tras la puerta de la habitación y bajo a la cocina descalzo, mi mujer me tiene listo el desayuno, se levanta entre dormida y en pijama, abre la pipeta de gas y en la sartén estrella un huevo apenas enciende la llama azul luego de dos intentos de hacer uso del mechero, al otro lado pone la arepa, el café lleva hirviendo un rato y solo cuando entro a saludarla lo apaga, sale mucho vapor de la olla que coge con la mano desnuda como si no quemara su mango de metal, pero no importa que esté tan caliente el café, así me gusta, tomar candela como lo hacía mi papá para espantar el frío que hace a esas horas de la madrugada. No queda más al terminar de comer que dar las gracias con un beso, ajustarse bien las botas y poner el bolillo en el cinturón antes de tomar la bicicleta del patio para ir a abrir las puertas de la estación y tomar el lugar de vigilancia.
No sé si es un castigo estar allí parado viendo pasar la gente de lado a lado por el puente que lleva a la estación donde mis buenos días casi nunca encuentran respuesta. 5:45 a.m. dice mi reloj cuando veo que se asoma nuevamente esa mujer, lleva viniendo desde hace más de un mes y no hay día en que no traiga de la mano a sus tres hijos en hilera como patitos sucios y cansados, no tendrán más de seis años los pequeños y al menor que lleva en brazos no le pongo ni dos años de vida. Ella mira la cámara y se sienta en el suelo, allí donde el muro la resguarda del sol y de la vigilante máquina, sus hijos la acompañan con perezoso gesto y un tristísimo silencio. Esa madre me mira con sus ojos de sabueso y aprovecha para lanzarme la única sonrisa del día, se aprovecha de mí, sabe que no puedo dejarla hacer ahí, pero de todas formas saca su caja de tapabocas y comienza a ofrecerlos a los transeúntes. «Tapabocas a quinientos, colabórenme por favor», una y otra vez llega esa frase hasta mis oídos como un acto prohibido que el corazón me hace ignorar aunque el sentido del deber me lo reproche.
Doy vuelta de vez en cuando y cuando me acerco enmudece mirando al piso, ese silencio temeroso me hiere, me hace ver como si fuera el malo de la película y no ella, la que arriesga mi trabajo al no hacerme caso cuando le digo que debe irse, pero esos niños son como un ancla que me hace volver de prisa a mi habitual sitio desde donde veo sus miradas infantiles agobiadas por el hambre un poco más distantes de la mía.
Pasan sin prisa las horas y me dan las 11:00 a.m. aún mirándolos, no han vendido más de diez tapabocas, me estiro un poco y camino hacia mi armario en la oficina del fondo, saco de mi bolso el almuerzo que ha empacado mi mujer: Arroz, huevo, maduro y un litro de jugo de guayaba espeso, solo tengo quince minutos en la mesa, pero son suficientes para acabar con todo lo que traje y dejar limpio el menaje, cepillo rápido mis dientes y vuelvo al puesto, nada ha cambiado, los mismos ojos famélicos suplican una moneda.
Las doce y media se ciñen sobre ellos con un sol que ya no tapa las paredes, mi turno está por terminar, la caja de tapabocas sigue intacta en la maleta, hoy no hay forma de esconder el que he llevado para comprarle uno a esa mujer, no tengo excusa. No soy capaz de pasar por su lado sin extenderle siquiera una moneda, por eso es que he decidido quedarme un poco más para pensar, sin embargo, un movimiento de su mano me hace doblar las rodillas.
Busca con recelo en el fondo de la pañalera manchada, suenan bolsas y papeles arrugados como un réquiem paupérrimo hasta que saca una bolsa negra, de ella brota un jugo de naranja pequeño y un paquete de dedos de maíz del que disponen a comer los niños. «¡Dios!… Solo un paquete de chitos», me digo a mí mismo con tristeza, camino hacia ella con el billete en la mano, ya sabe que nunca pido la devuelta, abro la maleta y le entrego la caja, «deje esta caja para el plante, madrecita», es lo único que alcanzo a decir antes de irme sin responder a su mi Dios le pague.
Aunque tengo la bicicleta voy caminando, no tengo mucho afán para llegar a casa, quizás así me dé más tiempo de pensar una buena excusa, porque estoy seguro de que no me creerá cuando le diga que dejé la caja encima de la mesa en el almuerzo y me la robaron.

Acerca del autor
Santiago Garcés Moncada (3 de junio de 1999, Itagüí, Colombia). Ha sido galardonado en diferentes concursos nacionales e internacionales, resaltando que ganó el primer lugar en el primer y el tercer Premio municipal de poesía y cuento corto de Itagüí (2018 y 2020) al igual que el premio del público en la cuarta versión del mismo (2021), siendo co-autor de los libros con las obras ganadoras de estos certámenes. Es co-autor del libro “Deshielos de tinta” (2019), su cuento fue publicado en “Medellín en 100 palabras” (2019). Participó del Festival internacional de poesía de Medellín como poeta del territorio (2018 y 2019) al igual que en el noveno festival alternativo de poesía de Medellín (2021). Participa activamente en más de cincuenta países, con poemas y cuentos. Participó de la antología de cuentos “Antes del 2020” publicada por la editorial mexicana DINKreaders. Actualmente, estudia en la Universidad de Antioquia, es miembro del taller literario Letra-Tinta y es cronista de la revista Bohemia.




