El último sueño

Datos de publicación (revista completa):

Publicación: Revista Albores Caipell

Año de publicación: 2024

Número | volumen: 5 | 1

Link de visualización: https://www.calameo.com/read/006684502fe159c83f2fe

Cita: Arenas, A. (2024). El último sueño. Revista Albores Caipell, 5(1), 32-33. https://www.calameo.com/books/006684502fe159c83f2fe

Antonio Rolando Arenas

Amaneció y la luna blanca e inmensa sobre la cordillera, allá sobre el Aconcagua, pude ver cuando caminaba por la callecita Hilario Cuadros, en la avenida de acceso este de Guaymallén. El cielo rojizo por el sol y las nubes; por el sol que discutía con las nubes que como pequeños filones se habían esparcido desde el horizonte hasta el cenit.

Amaneció. El colectivo no demoró. Viajé a Maipú en el 160. El viaje tampoco se hizo esperar, más allá la zona industrial y el tinglado inconfundible de Pescarmona, cerca, casi cerca un garabato de los “troperitos” en la pared blanca y empolvada, aquellos chicos marginales que conocí en la escuela de Coquimbito, la Bodega Giol, el ETIEC y el estribo trasero del colectivo permitiendo a mis pies y zapatos de cuero marrón plastificado pisar el pavimento.

Amaneció. El aire se acercó al rostro y era algo más que aire; una leve brisa que insistía cada vez más. Caminé tres cuadras sin darme cuenta, tal vez por la rutina. Caminé tres cuadras e ingresé a la vieja casita de adobe que alberga a las alegres alumnas de la “Paula Albarracín de Sarmiento”. ¡Buen día, qué tal! Tomé un café. Luego del recreo ingresé al curso. Frente a las alumnas, mi clase. Tema: el sueño. El último sueño.

Yo regresaba a la ciudad en un colectivo de la línea 160. Iba sentado del lado derecho, hacia la ventanilla, en la parte central del colectivo. En el viaje de Maipú a Gutiérrez dos ventanillas se abrieron velozmente, impulsadas tal vez por algún autocontrol o una alarma temporal. Una de las ventanillas fue la mía. Lo extraño del hecho hizo que observara temeroso hacia afuera: un baldío, la calle, unas casas, el celeste del cielo, hacia el techo del colectivo: un martillo y un cartelito me dieron a entender que se trataba de la salida de emergencia, hacia alrededor el pasillo repleto de pasajeros que parados realizaban el viaje.

De pronto el colectivo pareció detenerse en el baldío que poco a poco fue transformándose en una estación de servicio. Lo supe cuando por la ventanilla vi que dejaba atrás el terreno pedregoso y desértico para traspasar el cemento grisáceo, gastado y mal oliente, en el cual un surtidor tenía la inscripción “YPF” y hacia mi lado otros micros estaban estacionados. Uno sobre una fosa, otros de costado a la pared y más allá dos o tres hombres conversando con camperas de paño grueso y azul.

Bajé. Fui al baño. Esos hombres me observaban. Al ir hacia el baño pasé por una columna de cemento pintada de rojo esmalte. Un aparatito colocado sobre ella y un poco más alto que mi cabeza emitió cuatro idénticos timbrecitos: ¡pee!, ¡pee!, ¡pee!, ¡pee! Volví cerca del colectivo. El aire estaba enrarecido. Me acerqué a esos hombres. Uno de ellos… lo recuerdo… lo recuerdo bien… con… su campera azul, su rostro con bigotes, sus labios moviéndose… lo recuerdo… Uno de ellos dijo como una radio estridente, apocalíptica: “hay radiación. Un sol del planeta Venus acaba de estrellarse”. Yo entendí, entonces, que era la destrucción del sistema. El fin…

“Y la primera víctima –continuó- será esa señora”, dijo bastante apresurado, mientras yo me daba vuelta para ver a una señora de cabellos rubios, robusta, que bajaba del colectivo por la puerta trasera. “¡Señora, apresúrese!”, fue el grito rápido, desesperado, a la vez que yo corría hacia el baño. Empujé la puerta una y otra vez, le di una patada, una palmada, hasta que vi girar su picaporte circular. Abrí. Ingresé al baño. Cerré la puerta. Ahora comprendí por qué la mayoría de los habitáculos estaban ocupados. Busqué el mío. Busqué con los ojos. Aquél –me dije—. Empujé la puerta, desde mi hombro izquierdo, con el cuerpo; con el vigor; con el aliento; con la angustia toda de un hombre que busca sobrevivir ahí, escondido como una gallina acurrucada en la noche solitaria, ahí, escondido en un laberinto inexistente, ahí, detrás de una puerta. Entré. Cerré la puerta. Y sobre el inodoro puse mis pies, mis manos sobre la puerta y mi aliento sin esperanza se confundió con el aire pesado, caliente, asfixiante… Y mi rostro, mis ojos, con angustia, imprimieron la fuerza última, la vital, inclinado, mirando hacia el piso.

En ese instante un fuerte viento nos pasó por encima. Cubierto de polvo quedé, semejando una estatua improvisada, una estatua humana.

Un reloj, lejos, desde la mesita de luz de la otra habitación gritó su riiing amargo, chamuscado y amohosado. El timbre quebró mi llanto ahogado, desesperante. Sobre la cama mis ojos se abrían con dificultad. Me levanté, sentándome hacia el costado izquierdo de la cama. Busqué con mis pies descalzos y esquivando el frío de las baldosas mis chancletas. Me incorporé. Encendí la luz. Busqué el pantalón, la camisa, los zapatos y el saco. Después del desayuno, salí. La mañana fresca, fría se oponía al zonda de la tarde pasada.


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