El soldadito y la paloma

Datos de publicación (revista completa):

Publicación: Revista Albores Caipell

Año de publicación: 2022

Número | volumen: 3 | 1

Link de visualización: https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a

Cita: Guerrero, S. (2022). El soldadito y la paloma. Revista Albores Caipell, 3(1), 62-64. https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a

Sarays Guerrero Hernández

Ciego de Ávila, Cuba

Atención, señoras y señores
hablemos en serio
cesen por un tiempo los cañones.
¡Es hora de los juegos!
Abel Guerrero Castro

Cuando Alejandro terminó de leer el cuento, El soldadito de plomo, quiso tener uno como aquel, así que fue corriendo a pedírselo a su papá.

—Bueno hijo de mi corazón, pero no va a ser un soldado de plomo, ¿te parece bien que sea de madera?

—Está bien papá, lo que importa es que sea un soldadito.

Y muy pronto estuvo terminado, el papá lo colocó sobre su escritorio después de haberlo tallado y pintado. El niño lo miró y pronto se dio cuenta de que le faltaba algo.

—Papá no le pusiste gorra ni fusil.

No fue difícil encontrar la solución: una hoja suelta de un libro de poemas sirvió para confeccionar la gorra y un lápiz fue colocado como fusil. Alejandro quedó feliz. Jugó todo el día con él. Luego lo llevó hasta el cuarto de los juguetes y allí lo dejó junto a los demás.

En cuanto el soldadito se quedó solo comenzó a invadir el cuarto de suspiros. Los habitantes del lugar lo rodearon y comentaban entre sí.

—¡Un soldado!

—¡Qué vida tan triste!

—Un día tendrá que partir.

El soldadito que hasta ese momento no les había prestado atención, guardo los suspiros dentro de su gabardina azul y les preguntó preocupado.

—¿Partir a dónde?

—A la guerra, es lo que hacen los soldados como tú. —contestó un elegante marinero mirándolo de reojo.

—Eres un soldado y naciste para pelear —habló con sabiduría un viejo piloto al que le faltaba un brazo.

—Cucucú, si señor tendrás que pelear —enfatizó una paloma posada en una mata de jazmín cerca de la ventana.

—¿Pelear? No, yo soy un poeta. Tengo mi cabeza llena de sueños, metáforas y cuanta palabra bonita existe. Como ven no tengo fusil. Este lápiz que yo sepa solo sirve para escribir y eso haré —contestó el soldadito con el esplendor de la primavera habitando en su mirada.

La risa de los moradores del lugar repicaba como lluvia en el tejado. El soldadito se ovilló muy triste en un rincón, pero paso a paso los inquilinos fueron rodeándolo y para animarlo, le entregaron un cuaderno para que dejara cabalgar allí su imaginación.

Cada  día sus versos, revoloteaban de un lado a otro dejando a todos deslumbrados. Especialmente a la paloma  que desde  la mata de jazmín se deleitaba escuchando al soldadito poeta, que además, igual que ella, odiaba  la guerra. La mirada de ambos se entrelazaba y con el tiempo fue naciendo algo tan hermoso que ya nunca más volvieron a estar distante uno de otro. Cada tarde al llegar de la escuela  Alejandrito jugaba con todos en el cuarto y el soldadito poeta sentía que su vida era perfecta. Tenía buenos amigos, paz y una tierna musa que no dejaba que sus versos se apagaran.

Un domingo en la mañana vino a visitar a Alejandro cierto primo que trajo consigo: soldados, fusiles, tanques de guerra, granadas, todo un destacamento de infantería y lo invitó a jugar a la guerra. Había llegado la triste hora pronosticada por sus amigos, él soldadito debía partir a la batalla.  Antes de que lo vinieran a reclutar, quiso despedirse de todos, también de su hermosa damisela blanca posada en el jazmín. Sintió miedo. No tenía ningún sentido ir a pelear, ninguna razón en el mundo justifica el hecho de matar a otros. “Con la paz todo se puede conseguir”, le dijo una vez su amada paloma.

Pero allá, a donde se dirigía, seguro moriría; pues el arma con la que él contaba solo servía para crear y no para destruir.

—Mi soldadito, no sé  cómo pero nos volveremos a ver —le dijo su amada paloma al despedirse de él.

Qué desdichado se sentía el poeta en medio de aquella absurda guerra, rodeado de tanto horror. En la primera oportunidad que tuvo se ocultó detrás de un tronco derribado. Desde allí temeroso hizo lo único que le permitía olvidar todo lo feo y triste de este mundo: un poema. El cual comenzó a entonar mientras esperaba el fin de su corta vida:

La guerra es un monstruo cruel,
un dragón de diez cabezas.
Si hay bicicletas, pelotas
caballitos de madera
si hay trompos, también canicas
y papalotes que vuelan.
No entiendo porque los niños
se entretienen con la guerra.

De repente sintió una fuerte explosión, los oídos le silbaban, desfallecido y tembloroso, un miedo atroz le invadía cada fibra de su cuerpo. De pronto, comenzó a flotar. Pensó que aquello era la muerte, una voz suave le balbució al oído.

—Abre los ojos poeta ya todo pasó. En mi  palomar nadie te  encontrará. Es un lugar humilde pero te aseguro que aquí reina la paz.

Y así termina la historia del soldadito y la paloma que decidieron juntar sus vidas muy cerca de las estrellas y las puestas del sol, del canto de los pájaros y bien lejos de los horrores de la guerra.


Acerca de la autora

Sarays Guerrero Hernández. Estudió en el Instituto Superior Pedagógico Blas Roca Calderío en Manzanillo, provincia Granma. Licenciada en Español y Literatura. Actualmente, trabaja como profesora de literatura en la Casa de Cultura Carlos Puebla en Ciego de Ávila. Tiene publicado 4 libros de literatura infantil de los géneros Poesía y narrativa. Egresada del prestigioso Centro Nacional de Formación Literaria Onelio Jorge Cardozo de La Habana.

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