El relato de mi primer y último crimen

Datos de publicación (revista completa):

Publicación: Revista Albores Caipell

Año de publicación: 2024

Número | volumen: 5 | 1

Link de visualización: https://www.calameo.com/read/006684502fe159c83f2fe

Cita: Loboa, C. (2024). El relato de mi primer y último crimen. Revista Albores Caipell, 5(1), 38-42. https://www.calameo.com/books/006684502fe159c83f2fe

Carlos Loboa

Quiero que ustedes conozcan el motivó de mi crimen. No solo ser el esposo, que en un momento de irá, la asesino a sangre fría. Quiero que, a través, de lo poco que pueda escribir, sientan compasión por mí, por ella. Sobre todo por ella, que su vida fue arrebatada por un hombre miserable. Veo las luces de una hermosa ciudad, proyectada en mi mente, puesto, que lo ven mis ojos solo es el techo agrietado, la gotera molesta, que, junto a las ratas, los gatos de un callejón y los perros, era el único ruido que escuchaba en mis momentos de depresión y silencio. Empiezo a escribir lo que hice, antes de cometer el crimen. Miré por la ventana, siempre queriendo volver a ver un paisaje bello, una ciudad iluminada en las noches de otoño, donde el viento sopla llevando consigo las hojas, que me recuerdan sus ojos. Soy un romántico, que pasaba sus días de sobriedad leyendo, en su mayoría a poetas, que, con sus versos de amor, me inspiraron a escribirle una carta, que explicaba a gran detalle del porque el mundo, la divina providencia, el destino y todos los dioses nos querían juntos. Y que desdicha fue saber que solo estuvimos juntos para hacernos daño. Yo siendo el causante de la mayoría de heridas en nuestra relación. La convertí en aquel gato negro, que recibe maltratado de su dueño para que en un ataque de irá, termine siendo colgado. A menudo la imaginaba muerta. Mi recuerdo se desvanece con el llanto de los gatos. Se agrupan en la noche para maullar. El ladrido de los perros se une a la orquesta de sonidos molestos. Todos duermen, pero yo, esclavo del insomnio, de la nostalgia, del saber que sin ella no soy yo, de que hablo con una persona frente al espejo que me dice que la mate. Aunque solo aparece de noche, puedo escuchar su voz en el día, que repite que la mate. Me he encerrado en mi habitación, ya no me molesto en salir. Todos los días sin ella son iguales desde que la perdí. Poco importa saber qué día es hoy. Solo me quedó mirando todas las noches el callejón oscuro y el gran edificio, que oculta la vista de las calles de París. Cuando llegué hace seis años, me afané en aprender el idioma. Dos años después, tenía un buen trabajo, como columnista en una revista, que me alcanzaban para mí vida modesta. Meses después, bebía como loco, me esforzaba para que eso no me afectará en el trabajo; de hecho, muchas de las buenas columnas, las escribí en estado de ebriedad. Al tercer año y medio, la conocí a ella. Tenía el cabello recogido aquel verano, solo dejaba caer dos mechones de cabello, que reposaban sobre su rostro. Caminaba de manera elegante, coqueta, con los oídos alerta, escuchando los murmullos de las personas, que pasaban junto a ella diciendo: “cette belle”, “belle dame”, “belle, belle”. Todo acompañado de una pequeña reverencia, como si fuera una princesa que salió de su castillo, para caminar al lado de los plebeyos. Ella sabía que era hermosa y lo presumía. Cuando le preguntaba del ¿por qué es tan hermosa?, se quedaba en silencio unos segundos, sonría de manera pícara y respondía, con su español, que, si bien no era perfecto, esas palabras siempre las decía correctamente.

—Yo… soy una modelo… Parisina.

Amaba su acento. Ella me rescató por un tiempo del alcoholismo. Soy un celoso, que no podía soportar que otro hombre la viera. Me llené de inseguridades que me empujaron más a la bebida, probé las drogas. Caí por un hoyo, del cual nunca salí. Vuelvo al centro de mi habitación; pequeño, con olor a rata. Me mudé cuando mi esposa me echo de la casa. Me veo al espejo, al lado una mesita y su silla. Queda perfectamente para sentarme y verme. Me veo a mí. No, ese no soy yo, sé que no soy yo. Este espejo que tengo de frente, hacia mí, refleja mi otro yo… ¡Un monstruo! Temo por mi vida, de ser consumido por mi otro yo. Se parece a mí, pero no soy yo. Toc, toc, toc…, alguien llama a mi puerta, me asomo por la mirilla y, ahí está ella. Por un momento mi mente se nublo. Fue como estar inconsciente, pero, a la vez consciente. La realidad me golpeó en las cienes, con un dolor que se expande hacía la parte frontal de mi cabeza. Sé lo que hice, sé que si soy ese monstruo. Mi ademán de miedo no pudo quitarse de mi rostro, al menos por varios minutos… horas… No lo sé, y que miedo no saberlo. Me miento a mí mismo, porque sé lo que hice. Lo disfruté y lo haría de nuevo.

Enciendo un cigarrillo. Los recuerdos vienen a mí. Recuerdo aquel día, del mes de agosto, de ese mismo año fatídico en el que también me abandonó. Fui un hombre feliz, y la veo. Veo su cabello, sus rizos dorados. Yo estoy sentado detrás de ella, aspirando su perfume, abrazándola fuerte, con amor, con todo mi amor. Siento como se eriza su piel cuando beso su cuello, escuchó como su respiración se va entre cortando.

—¿Tu m’aime? —me pregunta.

—Je t’aime —respondí sintiéndome el hombre más dichoso en el mundo.

Se voltea, me besa, me mira. Amo sus ojos castaños. Cada vez que los veía, yo era transportado por el tiempo y el espacio. Llegaba a un pasado, en París, la Ville Lumière. Caminábamos por sus calles sobre pétalos de rosas. El camino nos llevaba hasta la torre Eiffel, iluminada de rojo, y de repente, de la nada, todos a nuestro alrededor desaparecían, las luces se apagaban, solo la torre Eiffel quedó con su luz. Así quedamos solo ella y yo, en París, la Ville de L’amour. Todo se oscurece de repente. Se oyen gritos. Vuelvo en mí.

Enciendo otro cigarrillo; ya van cinco consecutivos. Siento como empiezan a doler mis retinas. No he cerrado mis párpados, desde que tomé la navaja de afeitar, me arrojé sobre ella y como si fuera una especie de sweeney todd, le corté el cuello. Entre en un trance. Mi alma se había separado de mi cuerpo. Estaba en un sueño, en el cual mis ojos permanecieron abiertos. ¿Cómo es posible dormir con los ojos abiertos?, ¿soñar sin dormir?, ¿El estar despierto y a su vez estar dormido?

Pensé en mi soledad, en lo que acababa de hacer, lo bien que se sintió, en cómo quería repetir el crimen, del como el monstruo frente al espejo tenía razón. Ella debía morir. Soy un egoísta, un insensible. Tú, mujer que fuiste la que me soportó en mis borracheras, que me cuido en los días en que la resaca me ganaba y me dejaba tirado en la cama. El importante trabajo que perdí por estar tan ebrio día y noche. Pero, como en todos los casos, hay un límite para lo que una persona puede soportar. Y cuando ese límite llegó, tú te fuiste y yo terminé aguando mi dolor en el alcohol y las drogas.

Parpadeo y parpadeo, cuántas veces sea necesario para calmar el dolor. Ya no puedo soportar este silencio.

¿Cómo puedes extrañar algo que te causa terror? Porque efectivamente extrañó a mi otro yo. Desapareció una vez terminé lo que tanto me había pedido, desde la primera noche que apareció.

Cesó mi escritura. De mi pantalón saco una bolsa, la rasgó encima de la mesa que está a mi lado y, se esparce un polvo blanco. pequeños granitos que brillan como diamantes. Dejó caer mi cabeza hacia la mesa, a pocos centímetros de mis granitos de diamantes. La recuerdo a ella, como aspiraba su perfume para que su olor quedará impregnado en mi nariz. Tomó mi vaso de whisky, miro hacía el espejo y ahí estaba él, viéndome fijamente. Ahí está… mi otro yo… ¡El monstruo! Creí que se había ido. Golpean la puerta.

—¡Policier! —gritan desde afuera.

Gritan tres veces más, pero sin respuesta de mi parte. Probablemente un vecino, que, si bien no se despierta con el bullicio de los gatos, la orquesta de los perros, si lo hacía por los gritos de una mujer. Nada despierta más el heroísmo de un hombre, que oír a una mujer gritar. Tumban la puerta, el policía entra, apuntado su arma. El primer policía que entro seguido de dos más, me gritaban, pero no les puse atención. Vi como el monstruo puso la navaja de afeitar en su cuello y de izquierda, iniciando por la yugular, a derecha, se cortó el cuello. Se desplomó de espalda, quedando mirando boca arriba, con los ojos abiertos, teniendo su último recuerdo, dejando escapar su última memoria. Una tarde Parisina, en primavera, caminado por los jardines de las Tullerías. Recorriendo sus senderos, de árboles que bailaban con el sonido de una flauta. Empecé a caminar hacia donde sonaba la música. Y como una rata de la ciudad de Hamelín. Me hundí en el río Sena.

Esa noche, aún temprana pero solitaria, ella vino para que firmara los papeles del divorcio. Y pude notar su cara de asco cuando abrí la puerta y vio la pocilga en la que ahora vivo. Solo eso basto, una mirada de repulsión, una mirada que te decía: “ya no te amo”, ya no era mía. Tal vez sea de otro. ¿Cómo pudo verme de esa forma? Verme con los ojos, que una vez me miraban con amor. Me enojé, la agarré del brazo y la jalé para adentro de la habitación, cerré la puerta, con llave. Me volteé a verla y empezó a gritar, su cara reflejaba miedo. La golpeé, cayó al piso, le di una patada. La agarré del cabello para ponerla de pie. Tomó mi ante brazo con una mano e intentó arañar mi cara, pero la golpeé primero. Cayó de espalda. Estaba llorando, sangrando por la nariz, también le reventé la boca, algunos dientes se le cayeron. Se puso de pie, la miré con vida una última vez. Observé su cuerpo por unos momentos, ya no se movía, dejó de gimotear. Lo que sucede a continuación, no es causado por mi rabia, ni por lo que he consumido. No, nada de eso. El morbo, tomó mi mano y la despoje de sus ropas. Toqué su pecho, sentí su areola, primero con mis dedos, después con mi lengua, abrí sus piernas, la toque, la besé. Le hice el amor una última vez. No conformé con el acto repugnante, y con la idea de que los policías siempre llegan tarde; y fue realmente así, porque tardaron al menos unas horas. No registraba el tiempo, así que no sé, si realmente tardaron tanto o el vecino se decidió muy tarde en hacer el llamado. Primero le arranque la cara, recogí los dientes del suelo y le quite los que aún tenía. Los guarde en mi bolsillo, sin saber que haría con ellos, pero de igual modo los guarde. Intenté sacar uno de sus ojos, pero aplique demasiada fuerza y termine por aplastarlo dentro de una de sus cuencas. Me alivio pensar que me quedaba el otro ojo y, esperaba sacarlo correctamente. Lo deje para después. Hice un corte al costado izquierdo, que iba de arriba hacia abajo. Me detuve a unos centímetros por debajo del ombligo. Continúo está vez haciendo un corte horizontal para llegar al otro costado y cortar hacía arriba. Corte pasando las axilas, por un lado, llegué hasta pocos centímetros, por debajo de la clavícula. Corte horizontalmente hasta llegar al otro extremo. Empiezo a levantar la piel desde el corte bajo el obligó y jaló hacía arriba. Con la navaja corte la carne bajo la piel. Corte y corte. Jale y jale, hasta que mi esfuerzo valió la pena. Puse la piel del junto a la piel de la cara. Antes del gran final, cabe decir que le cercené las manos, los pies, la lengua, las orejas. Todo lo que fue tocado por mí, era mío. Me disponía abrir su pecho, cuando el poco arrepentimiento llegó a mí. Hice algo malo, algo imperdonable, escucho sirenas, los sonidos del callejón son más fuertes que antes. Suelto un par de lágrimas. Me repongo a los pocos instantes. Voy y busco una hoja de papel, el tintero y una pluma.


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