El párroco
Datos de publicación (revista completa):
Publicación: Revista Albores Caipell
Año de publicación: 2021
Número | volumen: 2 | 1
Link de visualización: https://www.calameo.com/books/006684502e6f19c523227
Cita: Gutiérrez, J. (2021). El párroco. Revista Albores Caipell, 1(2), 48-55. https://www.calameo.com/books/006684502e6f19c523227
Jesús A. Gutiérrez Rodríguez
“Mono”, muchas felicitaciones y aplausos, pues te ganaste esta semana el derecho a repartir la chuspa de confites. En este mes obtuviste la excelencia en disciplina, y una calificación de 5.00 (cinco cero cero) en la materia de educación moral y religiosa, le decía el “Cura Bironcho”, mirándonos a todos y haciéndonos mímica de que aplaudiéramos.
El “Mono” se levantó sin pereza, chorreándole miel de sus ojos, bailándole las pequitas en su cara, y comenzaba a repartirlas, uno por uno, en su puesto, sin que ninguno se parara. La tarifa que siempre ordenaba el cura era un solo dulce. Más sin embargo el “Mono”, a la barrita de los cinco, incluyéndose él, nos daba dos, y un bombón de ñapa, solapado, con mano ilusionista, embolatando las mirandas pilosas de los compañeros, que estaban bien atentas para sapiarle al cura.
Esa era la expectativa de nuestro grupo de cada inicio de semana. Todos habían saboreado el privilegio de repartir los caramelos. Algunos repetían dos o tres veces. Yo ni repartía, menos repetía. No era porque mi conducta fuera pésima. Pasaba raspando la letra R (regular), pero la salvaba. En religión, sí que era porra, les quitaba hasta las diademas celestiales a los santos. Referente a mi infortunio de no repartir y echarme al bolsillo algunos confites, culpaba a mi compañero “Juancho Pedos”, aplastado en un puesto delante del mío. Le puse el apodo porque cada vez que se chupaba un caramelo, más dos o tres que los compañeros le regalaban, y como ñapa, dos bocadillos veleños con queso, como mediasnueves1, iniciaba su cañoneo, no sonoro sino silencioso, que es el más oloroso y peligroso.
¡Salve el alma “Juancho” porque el cuerpo ya ni bañándolo con agua bendita!, le gritaba muerto de la risa.
Él no se inmutaba por nada, no se reía ni en visajes, solo alzaba los hombros, y seguía pegado en su puesto. Apenas se iban esparciendo las ventosidades, señalaba con un dedo en todo el centro de su peladura de cura, sin que él se diera cuenta, con la otra me tapaba las fosas nasales, todos me volteaban a mirar haciendo la misma mímica, y empezaba la murga de visajes discretos, pero el cura me pillaba solo a mí, y castigo hasta las siete de la noche, una hora después de la salida normal del colegio, con los miembros superiores arriba. ¡El profesor de disciplina me decía:
“¡Manos arriba, y si no te compones, no los bajes ni por el carajo!”.
No recuerdo si mis manos apretaban ladrillos o no. “Juancho Pedos” se paseaba con su risa morronga por el sitio de mi castigo, me mostraba, sin muchos visajes sus ojos y dientes burlones. No hablaba, había que sacarle las palabras con caña de pescar, pero sí era un burletero tácito de primera clase. Me cobraba con intereses las cagadas que le hacía. ¡Qué manuelito2!, ¿no? Bueno, sinceramente, sin chicanear3 más, debo decir que lo de “Juancho Pedos”, aunque sí era uno de los sospechosos, fue película mía. El vacilón de moda era, “quién fuera aficionado a la pedorrera, por lo regular se quedaba callado, sin ponerse colorado” (este retrato cuajaba perfectamente en él); bobo sería que se pusiera decir que él fuera el autor; otros, muy frescos, decían por joder, con las manos en la masa:
“Un pedo no se le niega a nadie, o pintalo de verde, o tirate otro con cachos para torearlo”.
Ni modo de decir lo que dice el marica.
Con el pasar de los días, el teje, teje del maneje era, quien primero se lo tirara e hiciera bombo, lo tenía debajo, por lo tanto, era el amo espiritual y material de dicho eructo que salía pitado más abajito de la cintura, con su firma en la notaría para su autenticación y testigos.
Como marco musical final, sonaba el corito como en primaria:
“¡Tín Marín de dos quien fue, cuca la mácara títere fue, este marrano cochino fue…!”
Creo que así era la letra y tonito, y si no era así, le pego cerquita.
Ese vacilón tenaz, en muchos casos, era la cura para algunos puestos en la picota, que se volvían igualiticos a un arco iris. No había necesidad de que tomaran hierbabuena, 4 tazas, o té de hojas de guanábano. A veces pienso, fui yo, y no me di ni cuenta. ¡Qué va a saber uno!
La gente debería realizar una marcha nacional para que el gobierno decrete, al menos por una hora, el día de las ventosidades, algo parecido a la celebración mexicana de la fiesta del grito donde «una multitud enardecida grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año…»
Les dejo a ustedes la ampliación de la idea central de las ventosidades, sé que podrían explicarla mejor. En todo caso, sería un evento cómico y singular.
Días después, antes que el “cura Bironcho” no nos diera más la materia de educación moral y religiosa, reconoció que mi conducta había mejorado a 3.5, no era la calificación mejor, pero valía (tres cinco cero), y por fin me puso a repartir la chuspa de las golosinas.
Me desquité. Mientras un mompita entretenía al cura, yo repartía a diestra y siniestra. A la galladita les daba cinco “cucarachas6”, revueltas con bombones, de una sola; a los medio amigos les daba dos, los que me caían gordos, uno, y eso que vacilándolos.
Desmantelaba la chuspa, no dejaba el raspado ni para las hormigas.
El cura siempre se chupaba el último bombón, pero esta vez le hice pistola, solo se mamó el dedo. Los tenía contados, le dije que le había fallado la contabilidad o alguien le había desacomodado el número de golosinas…
Uno de los que me caían gordos del totazo, que no se aguantaba un cólico
parado, me sapió. El “Cura Bironcho” me miraba malicioso, diciéndome:
“¡Eh, Ave María, Policarpo, usted si es enteramente no tiene arreglo!, ¿no?”
Por ese lado, con él, se fue la figura de Cristo enchapada en caramelos, le cantábamos un hasta luego en el salón, recordándole su afición a los caballos, como si estuviéramos vacilando en un paseo, aplastados en los puestos de los músicos del bus:
“el cura de mi pueblo le gusta montar en burro y de tanto montar en burro se le ha pelado el cuuu…ra de mi pueblo (bis)”.
Y se reía gozoso.
No sabíamos si había montado alguna vez en burro, pero sí lo veíamos en la cabalgata de abertura de las fiestas de aniversario, pinchado, montado todo el día en un lindo alazán de paso, alzando la mano, repartiendo saludos, bendiciones y risas angelicales.
El diálogo con él no se perdió. Los domingos, cuando íbamos en filas a misa, lo veíamos encaramado en el púlpito, explayado en el sermón del Santo Evangelio. Lo mirábamos, medio se reía, tapándola con el pasaje religioso que iba a leer.
Hago un paréntesis aquí para aclarar lo de “cura Bironcho”. Ese no era el
nombre o apellido. Nosotros se lo pusimos. Él siempre nos saludaba:
“¡Quihubo, bironchos7!”.
Se reía.
Le hacíamos el jueguito.
Con el paso de los años comprendimos su significado coloquial. En todo caso, no éramos así, el romanticismo se desparramaba en nuestros ojos, salvo que ahorita (y lo dudo mucho porque la persona volverse marica en la edad de acordeón, pues sería un hecho que merecería un estudio aparte…), alguno, se le hubiera ido la machera para otro lado.
¡Eh, Ave María!, los curas, algunos, no dejan sus vainas ni porque Dios los pille con las manos en la masa…
El “cura Bironcho” no fue solo recursivo con los confites. En el período que nos dio la materia de religión, una tarde apareció con quince uniformes, dos balones, el buzo de arquero con el número uno, dos rodilleras, menos guayos, cada uno tuvo que comprarlo, y así creó el primer equipo de pibes, luego nació el primer campeonato, con equipos como Racing, Centinela, América…. y el recuerdo de entrenadores como Congo, el Viejito Okey…
Bueno, siguiendo el hilo, una tarde, matando el tiempo, me hallaba en el café de don Ramón degustando un suave tinto; fumando pielrojas, dibujando rosquillas de humos, vi entrar al “cura Bironcho”, tenía terciado un gran carriel de cuero fino, un sombrero de paja, muy típico, muy campesino adornaba su cabeza. Los presentes se pararon como guiados por una orden divina, hasta la muchacha que atendía inclino la cabeza y escondió su trasero protuberante.
Concluyó antes de tiempo la canción Cataclismo cantada por María Elena Sandoval.
Los sombreros hicieron benditas reverencias. El Cura esgrimió una risa del Sagrado Corazón de Jesús, y mientras caminaba, sacudiendo el carriel divino, las manos iban echándole billetes, mientras decía:
“Jesús se lo pague”.
(¡Eh, Ave María!, ¡pues, para tantas culebras, este gran revolucionario va a tener que hacer prestamos al por mayor, y los intereses por allá en las nubes, que a lo último tenga que hipotecar el cielo!).
Siguiendo con el itinerario, el Cura era meticuloso, pues no se le escapó ni siquiera la ojeada del orinal. No le di ni el mimeógrafo de una moneda. Tenía un billete grande (excusa telegrafiada y chicanera).
Al pararse bien campante al frente de mi cara, le estiré cinco dedos de mi mano derecha. Peló los dientes. Salió con esa misma risa santurrona, sombreada por su sombrero y ventilada por el chicotear de su sotana.
Por esos días se celebró la milenaria fiesta a la Virgen del Carmen. Él era el motor de la continuación de dicho evento. Me paré en un recodo del parque, vi su figura llena satisfacción, sentada en el corredor de la casa cural, contemplando la imagen, cuadrada en el atrio de la iglesia. Era un rato solemne. La multitud feligresa cubría de billetes su vestido blanco y azul. Eran tantos que la Virgen no podía ver con agrado la colaboración de sus fervientes devotos.
El mismo día, las torcacitas que merodean a diario la pila del parque, tragaban babas en vez de agua por su suciedad menos hambre porque el parque estaba copado de donaciones arrancadas de la barriga negruzca de la tierra; uno que otro lechón, potrico o vaquita con su ternerito, tapizando de orines, boñigas, la fiesta que se esfumaba con el prólogo de la noche. Las viejas más rezanderas decían:
—“Son ofrendas caídas del cielo”.
Otros:
—“Es puro negocio que van a engrosar el peculio personal del cura”.
Sobre esto, la gente tiene la lengua como una tejedora, pero aquí no entro a polemizar. Allá el cura con su santificado consciente, preconsciente e inconsciente.
Por ahora, lo cierto, es que este acto creyente era una costumbre más vieja que la moda de andar a pie. Burila se encomendaba a la Virgen del Carmen, su patrona. Hasta los chusmeros la colgaban en el cuello para cometer sus masacres, se aferraban a ella con exaltación. Hay que machacar que los chóferes siempre la llevaban chilingueando en sus yipis como guía.
Hoy en día, en los pueblos, ese fervor religioso no ha parado. Yo mismo no me perdía estas procesiones, sobre todo las Auroras, aunque sea por hacer pila en los rezos, oír taconeos, caer de babas por las peladas con sus falditas corticas, como también lo hago en la iglesia.
Ahora, en todo, existe un factor económico, pienso que es razonable, para bien o para mal, el dinero prima en todo, y lo divino no escapa.
El Cura, habló no en forma general, eructa, se mete con gusto los dedos a la nariz, moldea curioso, con arte, figuritas barrocas o góticas con su materia prima, las pega, discreto, debajo de la mesa del altar (no importa que lo acechen ojos enyesados), en las paredes, en los parapetos maderosos de cubículos de secretos pecaminosos, que por nada del mundo contaría a otro pecador igual que yo. ¡Eh, Ave María, si debajo de la sotana se encierran cosas y cosas…! También tira vientos por enfermedad, vicios o placer; arroja lombrices por tomatas de aceite de Ricino; se rasca las güevas de berraco o contento, no sé si en el púlpito, en el atrio, en el inodoro, en el despacho parroquial, o donde lo pille el rasca, rasca. ¿Averígüelo, Vargas?
Es un ser humano como todos. Su investidura no lo hace persona de otro cosmo.
El oficio de cura debe ser nivelado de alguna manera. Él vive como todos, de vitaminas materiales para poder armonizar las espirituales. No vive de suspiros, viento raspado o pechugas platónicas. Para eso son las limosnas, los pagos de misas, la fiesta a la Virgen del Carmen. El Cura verá como gasta sus lucros.
En todo caso, hoy en día, yo no me metería de cura a sabiendas que fuera el único trámite que tuviera que bregar para conseguir mi salvación. Asimismo, la vocación sacerdotal (anteriormente si era rentable) hoy en día, no es una bandeja exquisita, tal vez espiritual pero no material.
Además, los fieles no consignan en sus orejas los pecados mortales de antes sino los veniales, repetitivos, por puro relleno, tal vez los camanduleros o rezanderas. No paga confesarse, rezar padrenuestros por bobadas. Esa acción se haría, encaramándose uno en lo más alto de la finca del papá de mi mompita “Guerrillero”, abrir la boca y los brazos al cielo, y así, el pecado o deseo prohibido, acariciado por la frescura de la mañana o de la noche, cualquier momento es buen, y gritar:
—¡Acúsame, padre, que deseo con verraquera la esposa de mi vecino…!
Ahora, referente a las tentaciones, es mejor soportarlas en lo civil y no en el sacerdocio. Ellas rebosan la carne y el alma, cada día, algunos curas, la mancillan con ciertos atajos censurables, también a ella le salen competencias evangélicas por dondequiera.
—¡Oiga, pilas, Policarpo, cuidado se cae! ¡Está zonzo! ¿Diga?
Me despertó el grito acosador de mi mompita de salón Acoso, desde la calle, gateando por las baldosas hasta llegar a la tribuna, que me hizo despabilar ahí mismo de mis repasos. Añadió: “¡Quihubo, no va ir al paseo o se va a quedar! ¡No me diga que no tienes ganas de remontar el copo del nevado, hacer boleo con las bolitas blanquitas, luego bañarse el ombligo y las güevitas en los termales! ¡Ojo, pues!, el bus nos está esperando hace rato en el parque de las Palmeras. Debe de estar pitando. ¡No lo oye! ¡Vámonos!”
¡Qué pajudo8!, ¿no?, y aguarda un poquito Acoso. Dejá tu acoso, pues.
Después de mirar el reloj, verificar que en pocos minutos había evocado este pasaje de mi vida, y revisar que mis utensilios personales, más el gato, estaban bien acomodados en el morral, me lo tercié afanoso a espaldas, me puse la cachucha, besos a la familia. Y los que huyen.
Bajando a toda prisa las escalas de madera, masticaba el motivo o motivos que tal vez tuvo el párroco para no despedirse. Seguro, sin vacilaciones, mi grupo, le hubiera hecho un agualulo o repichinga de gracias por su aporte, a pesar que ya no nos daba la materia de moral y religiosa, tampoco volvimos a saborear las golosinas con las cuales endulzábamos aún más la figura de Cristo, y menos nos volvió a regalar uniformes con números grandes. Esta vez nos dio melo a lo Garrincha, esgrimiendo un recurso que no le conocíamos. No importa, tendría sus motivos y los respetamos. ¡Averígüelo pues, Vargas! En todo caso, él sabe que nosotros no comulgamos con esta no urbanidad del maestro Carreño, y con toda seguridad, su nombre, estará escrito en la monografía del pueblito.
*****
- Refrigerio o merienda que se toma entre el desayuno y el almuerzo. ↩︎
- Solapado, tonto ↩︎
- Alardear, exhibirse, presumir. ↩︎
- Fiesta. ↩︎
- Fiesta de la tarde (3:00 p. m. hasta comienzos de la noche. Se celebra la amistad). ↩︎
- Golosina de panela y coco. ↩︎
- También vironcho. Homosexual, gay. ↩︎
- Exagerado, mentiroso. ↩︎
Acerca del autor
Jesús A. Gutiérrez Rodríguez. Vive en Colombia. Tiene escrito cuatro libros inéditos: Cuadritos libro de cuentos inéditos, Muchachadas, libro de cuentos inéditos, Distancia, novela, en proceso y Pinceladas de mi pueblo, pasajes pueblanos inéditos. Mención de honor con el relato El recado en el primer concurso de cuento Gobernación del Quindío: año 1979 publicado por Instituto Colombiano de Cultura, con el título de 17 Cuentos Colombianos. Igualmente, mención de honor en el género cuento corto con la obra Espejismo, 13 de agosto de 2018, otorgado por el Segundo Premio Literario Internacional LETRAS IBEROAMERICA; México, 2018, convocado por la revista En Sentido Figurado y publicado ella misma. Publicación del cuento “Desvelo” en la antología Lugares Imaginarios, Valparaíso, Chile, Julio, 2021. Su cuento titulado Mi Mascota, fue seleccionado por Red de Escritores y Escénicas Potosí, Bolivia, agosto, 2021.