El Loco Matusalén

Datos de publicación (revista completa):

Publicación: Revista Albores Caipell

Año de publicación: 2024

Número | volumen: 5 | 1

Link de visualización: https://www.calameo.com/read/006684502fe159c83f2fe

Cita: Villanueva, F. (2024). El loco Matusalén. Revista Albores Caipell, 5(1), 14-17. https://www.calameo.com/books/006684502fe159c83f2fe

Francois Villanueva Paravicino

Cuán débil es nuestra razón y cuán rápidamente se extravía cuando nos estremece un hecho incomprensible.

MAUPASSANT

De niño escuché la leyenda del Loco Matusalén. Decían que comía sapos, ratas muertas y culebras en las orillas del Río Hablador, que recorría zarrapastroso y nauseabundo a pie desde Chosica hasta el Rímac, que imprecaba a los niños que lo escupían o le tiraban piedras, que lloraba a moco tendido o se desternillaba de risa de un instante a otro, ya herido y desgarrado por los tormentos o disparates de su cerebro, ya acometido por aquellos demonios invisibles de su imaginación enferma.

Por las noches era peor: su apariencia era la de un ser luciferino. Toda su vestimenta ―sucia, fétida y raída― se adornaba con harapos negros como si sufriera eterno luto por los siglos de los siglos, amén. Los vecinos temían que empezara a apedrear las ventanas, los jardines o las puertas de sus casas, o que atacase de modo violento a los niños, a los ancianos o a las mascotas. Nadie se creía a salvo de sus arrebatos y, también, de su penosa apariencia. 

Los que lo conocieron antes de que perdiera el juicio afirman que cuando él era adolescente empezaron a notar que le fallaba el cocobolo. Le gustaba comprar revistas para adultos en los kioscos de los periódicos al menos una vez al mes, caminar por las calles con la cabeza agachada y susurrando entre dientes, los fines de semana se quedaba horas y horas en el techo de su casa viendo el transcurso de la luna, y sus familiares justificaban su encierro casi misántropo porque creían que estudiaba duro y parejo. «Es un muchacho muy aplicado y, también, muy extraño», decían ellos.

Sus compañeros de salón, ya jovencitos en la flor de la lozanía que amaban pelotear en sus ratos libres, afirmaban que a Matusalén no le gustaban los recreos ni tampoco salir de su casa a pasear o a visitarlos, y que en su asiento estudiantil con el ceño fruncido solo hablaba, cuando lo abordaban, de platillos voladores, Iluminatis, reptilianos o del sistema de dominación mundial, y que, dada la seriedad y la gravedad de su rostro y sus gestos, sus amigos preferían no contradecirle o, peor aún, burlarse de sus ocurrencias a sus espaldas.

Aun así tenía fama de no tener un pelo de tonto, ya que siempre contestaba a las burlas con más burlas, con cierto tono de fronterizo simpático. Se jactaba de ser dotado fisiológicamente, de jalar su bronca, de dominar una lengua viperina, de haber desflorado a una chica de su cuadra, de leer libro tras libro hasta altas horas de la noche y, pese a ello, levantarse muy temprano para hacer ejercicio físico. Según él, era el chico perfecto, pero estaba loco de remate.

Si ir al colegio de lunes a viernes por obligación le salvó de ser un ermitaño, no ingresar a la universidad y estudiar de forma autodidacta le hundió en aquella condena antisocial que, a pesar de considerarse a sí mismo muy listo, tenía que cargar sobre sus hombros y, en especial, sobre su cerviz y su cráneo, sin tener la mínima idea de que aquello era un padecimiento vital o, también, un castigo divino.

Mientras más penetraba en aquel laberinto de frialdad y dolor inconsciente, cual si descendiera al infierno del centro de la Tierra, parecía tener menos opciones de salir ileso (como si eso ya fuese posible) y, así, se esfumaban las esperanzas de gozar en los días venideros del canto de los pájaros, del sonido de la garúa nocturna, de las caricias del viento y del calor tibio de una mañana esplendorosa; porque aquella «herida» que se autoinfligía, en aquel tiempo, al menos en nuestro país, jamás cicatrizaría, sino que le acompañaría de por vida y de forma crónica sin nunca restañar.    

―Ma, creo que los Iluminati han colocado cámaras en la casa. Nos están grabando ―le dijo una mañana Matusalén, en su lecho, a su madre, a eso del mediodía, cuando ella quiso despertarlo.

Aquella noche él no pegó los ojos, escuchó voces incriminadoras, sufrió visiones espeluznantes, sintió los hedores más pútridos, creía que lo iban a matar y, pese a que era lo que más deseaba, no podía llorar o irse a quejar con sus seres queridos.

―Le han hecho brujería a tu hijo, está dañado ―le contestó aquella tarde la curandera del barrio a la mamá de Matusalén.

Al anochecer, la curandera y sus ayudantes practicaron varios rituales, con velas, limones, huevos, rosarios, crucifijos y biblias, y le oraron, le cantaron y hasta trataron de exorcizarlo; pero Matusalén solo gritaba que no lo maten, que no quería morir. Y al día siguiente se fugó de la casa. Lo encontraron a la semana, todo sucio, apestoso y balbuceando incoherencias.

Solo su tío, que en esa época era militante de Cambio 90 y que vivía con él, entendió lo que Matusalén dijo de forma legible en la breve estancia que estuvo de vuelta en casa, pues habría de volver a desaparecer a la semana. Dijo que Matusalén descendió a los infiernos, vio a Satanás, conversó con Lucifer, trató con demonios y fantasmas, conoció a la Muerte, escuchó las maldades del mundo, respiró la corrupción de los hombres, sintió en carne propia los estragos del mal, descubrió el elixir del embrujo completo, observó la causa de la inspiración diabólica, se presentó ante otros enajenados como el nuevo de la secta, sufrió el odio de Dios y la maldición de por vida. «Mi sobrino está mal de la cabeza», le dijo el tío a su hermana, pero ella, simplemente, no sabía cómo actuar, ya que por aquellos años el cuidado de la salud mental en el país estaba por los suelos y se esparcía de forma abandonada. A los días, Matusalén volvió a perderse, y esta vez para siempre.

La fama de Matusalén se consolidó en casi un año y cobró auge el año de su muerte, que ocurrió en la prisión para enfermos mentales cuando se clavó un tenedor en la yugular que lo hizo agonizar largos minutos. Pero no fue aquel trágico incidente la causa de su aparición en las portadas de los diarios o en las pantallas de los noticieros, sino el estrangulamiento con que mató con sus propias manos a dos mellizas de cuatro años, quienes jugaban solas en un parque infantil abandonado y que no tuvieron miedo de aquel ser horripilante que unos minutos antes las miró aturdido a corta distancia, y que al final las atacó de forma vertiginosa.

Cuando las fuerzas del orden lo capturaron a las horas, un tanto alejado del escenario de los crímenes, él gritaba a voz en cuello: «Ya viene, ya llega, el Anticristo nos revolcará a todos». «Calla, loco de mierda», le increpaban sus captores. Le dieron una paliza fenomenal. Pese a que su locura estaba comprobada, lo encarcelaron de modo preliminar por nueve meses mientras duraban las investigaciones, y fue así como no soportándolo se mató con sus propias manos. Así era el Loco Matusalén, un orate callejero y temido que terminó convirtiéndose en homicida.

Lo cierto es que varios vecinos contaron, a un par de años de aquel trágico incidente, que el espectro lívido y tétrico del Loco Matusalén aparecía y asustaba a los niños que se quedaban jugando hasta tarde en aquel parque infantil abandonado, y lo hacía agitando los columpios, o el subibaja, sin que corra el viento o que alguien estuviese cerca, o también cantando canciones de cuna de modo grotesco y murmurador, como si imitara aquellas voces demoníacas que lo acosaron en vida.

Hasta que un día, cuando jugaba solitario en el pasamanos, un pequeñín logró verlo: un espectro con harapos en el cuerpo, unas pelambres en los cabellos y la barba, los ojos infernales y la boca sin dientes, como la vez que cometió aquel doble homicidio. Ese ser espeluznante parecía morder algo, como si chirriara los dientes y susurrara blasfemias, como dice en la Biblia que lo hacen los infelices o los condenados. Por ello, él era un terror de pies a cabeza.

Aquel niñito, al ver que ese fantasma levantaba las manos en forma de ataque, logró huir a gran velocidad como alma que lleva el diablo y, al llegar sudoroso y pálido a casa, le contó lo sucedido a su padre, quien reconoció al Loco Matusalén y, tomando cartas sobre el asunto, a los días hizo bendecir aquel centro de diversión en ceremonia pública. El cura, al final de aquel acto, clavó una cruz y bendijo un par de capillitas en memoria de las difuntas.

Solo desde ya el alma del Loco Matusalén descansó en paz y no se volvió a sufrir avistamientos de su espectro dañado. Así es como pocos saben ahora del que en vida fuera el Loco Matusalén, y entre aquellos me encuentro yo, un narrador de cuentos dispuesto a perpetuar esta triste historia.


foto del colaborador Francois Villanueva Paravicino
Acerca del autor

Escritor (1989). Cursó la Maestría en Escritura Creativa de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Autor de Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019). Textos suyos aparecen en páginas virtuales, antologías, revistas, diarios y/o, de su propio país como de países extranjeros. Mención especial del Primer Concurso de Poesía (2022) y de Relatos (2021) “Las cenizas de Welles” de España. Semifinalista del Premio Copé de Poesía (2021). Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan” (2007) de España. También, ha sido distinguido en otros certámenes literarios.

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