El duende del monte
Datos de publicación (revista completa):
Publicación: Revista Albores Caipell
Año de publicación: 2022
Número | volumen: 3 | 1
Link de visualización: https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a
Cita: Pocoví, T (2022). El duende del monte. Revista Albores Caipell, 3(1), 50-52. https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a
Trudy Pocoví
Santa Fe, Argentina
Era Medianoche.
El guía había anclado la lancha en la boca del arroyo San Gerónimo, un poco más allá de Reconquista. Había convencido a mi papá y el tío Yayo, que entre la medianoche y las tres de la mañana se conseguía el mejor pique. Con la luna en menguante la pesca sería muy buena, dijo. Había que esperar nomás.
Para ellos era fácil, pero para mí la espera era una suerte de vía crucis donde cada minuto oprimía el pecho y las ansias doliendo desde la panza hasta el cogote. Era mi primera salida de pesca. Digo, la primera fuera de la provincia, con un guía profesional, la primera de madrugada, de noche espesa y ajena. Desconocida.
Era, en definitiva, mi bautismo de agua y luna.
Como buen entrerriano, el guía comenzó a preparar el mate; amargo y espumoso circulaba de mano en mano y calentaba la espera, aguardando a sabiendas que el río fijaba sus propias reglas y horarios.
La noche se prestaba para estar al aire libre, bajo un cielo empachado de estrellas. Cada tanto, algunas nubes dispersas nos imitaban y navegaban universos.
En medio del monte, tan lejos de los ruidos y las luces urbanas, la oscuridad se tornaba densa, pesada y húmeda y me daban ganas de extender las manos hacia arriba seguro de poder alcanzar la cola de algún cometa.
La frecuencia con la que había que renovar repelente para atajar la acometida de los jejenes, nos iba marcando el paso de las horas.
Todo permanecía en calma, demasiada calma… A la distancia extraños sonidos de predadores nocturnos componían una sinfonía de despareja de chillidos, rugidos y aullidos, fantasmagóricos para mis oídos citadinos. Debía haber prestado más atención a las clases de ciencias naturales…
El tiempo parecía detenido como perpetuando una imagen con sabor a eternidad cuando, de pronto, un alarido estridente me atravesó de miedo, congelándome.
—¡Ncht! —Chasqueó el guía— El duende del monte anda enojado…
—¿El qué? Pregunto en Yayo desconcertado
—Es leyenda de por acá que, cuando los gringos vienen a llevarse nuestros peces, cada tanto, aparece el duende del monte a defenderlos… Pura habladuría nomás… —aclaró al ver, supongo, mi pánico subido a los ojos.
De pronto, un ligero toque en la línea nos saca de la historia. Mi caña se tensa levemente y la conmoción rompe la quietud del paisaje y la magia las historias arcanas con su brioso accionar.
Los nervios también se tensan, igual o más que la caña, los brazos se aprontan y un brusco tirón desde el otro extremo de la línea nos acelera las pulsaciones.
—¡A clavar, se dijo! me grita mi viejo.
Sentimientos encontrados me había suspendido como a tonto que por primera vez tiene un pique, los conocimientos, borrosos, no venían a socorrerme. De golpe, una mano callosa me toma del brazo y le pega un tirón a la caña, con un movimiento firme y calculado ¡A clavar se ha dicho! Y al punto se arquea la fibra de vidrio. Le doy algo de espacio antes de frenar el nylon y comenzar a girar el reel con lubricado cálculo. El fantástico monstruo, tal vez un mandubí u otro gigante, gana línea río adentro.
—¡Vamos pibe! Que ya lo tenés, me alienta mi tío.
Transportado a otro mundo, al de las ancestrales batallas por la supervivencia, no me daba cuenta de casi nada, el temblor de las manos, los pies que se van emplomando, el sudor que cubre primero la frente, la espalda, los huesos.
La lucha es recia, el indómito pez no se entrega.
—Regulá el freno, me gritan…
—¡Bajá más la caña! —dice Yayo— No dejés que se meta debajo de la lancha…
Las voces rebotan sobre la negrura del agua tornándose en oscuro eco; la naturaleza toda parece sumarse a la contienda. Unos nubarrones nos ocultan el cielo y el viento comienza a arreciar sacudiendo la embarcación. Olas grises y verdosas se van formando y nos golpean haciéndonos chocar contra la costa barrancosa.
Hay que apresurar el desenlace de la pelea. Papá me ayuda a recuperar el nailon con afiebrada mano sin advertir que un tupido carrizal, anclado en la boca cercana, ha soltado amarras e, impulsado por el viento, que minuto a minuto cobra mayor bravura, se aproxima en dirección a la lancha.
Mientras, me siguen animando con expresiones y consejos. ¿Cuánto tiempo pasó? ¿quince, veinte minutos? El combate es más largo y tenaz de lo que esperaban, de lo que podría haber imaginado. Mis manos se han hinchado de apretar con fuerza el extremo de la caña, los dedos se incrustan en la goma del mando, los brazos se me acalambran y cada tanto me traiciona una mueca de dolor o una voz que me susurra ¡largá todo!
Me siento cansado y aturdido, todos se han dado cuenta y me están perdonando con la miranda si decidiera rendirme.
—¡Tiene aguante el pibe! —Grita mi papá y solo eso me hace seguir, más por amor propio que por espíritu de pesca.
—Si quiere movemos la lancha, dijo el guía, para acompañar los movimientos del pez.
—Bueno, dele —responde mi padre.
Los primeros truenos nos sobrecogen; cada tanto, del sur se enciende el universo con algún relámpago.
—¡Ya lo tengo, casi! —digo en un sollozo. Y un lomo negro que se asoma a la superficie parece darme la razón.
Súbitamente, la lluvia irrumpe, tibia al comienzo, más fría después. Nos empapa, nos traspasa, pero no quiero darse cuenta, la ignoro, los ojos fijos en la majestuosa presa.
El rival está a la vista, y todos comenzamos a festejar sobre la embarcación.
Pero, de improviso, el carrizal que el viento nos fue acercando se desprende de un tronco y, a favor de la correntada, se cruza en el tendido de la línea. Apenas lo vemos, pero la variación de la tensión fue suficiente. El pez en un último sacudón corta el nylon y se da a la fuga…
Caigo exhausto, maltrecho, agitado y triste… Me sangran las manos. Me arde el orgullo. El viento comienza a menguar y la lluvia va raleando.
Entonces, en ese silencio mezcla de dolor y fracaso, de entre el monte se vuelve a escuchar aquel silbido, grotesco, burlón casi, como si el imaginario duende festejara la liberación de la presa.

Acerca de la autora
Entre 1992 y 1993 coordinó el Taller Literario para Jóvenes dependiente de la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de Santa Fe. Actualmente es presidente de la Asociación Santafesina de Escritores (A.S.D.E). De las numerosas distinciones obtenidas, cabe destacar: Premio Municipalidad de Santa Fe y Premio XV Fiesta Nacional de las Letras en 1985; Premio “Mateo Booz” para escritores jóvenes de la A.S.D.E. y Premio “Julio Migno” de la Universidad Católica; Premio “Santa Gertrudis” de la Asociación de Escritoras Católica; Premio “Hugo Mandón” de S.A.D.E; Premio de la Asociación Mutual de Empleados, Rosario, 1993; Premio IV Encuentro Nacional de Escritores, Mendoza, 1994; Premio Certamen Anual “Leoncio Gianello” por libro de poesía inédito, A.S.D.E y Mención Especial en el Certamen “Rosalinda Fernández de Peirotén para poetas del litoral fluvial argentino”, Premio Edición Municipalidad de Santa Fe género cuento; ha publicado en revistas litera-rias de España y Austria y en diversos diarios del país. Libros publicados: La Casa de los Amos (1994, cuentos), El cazador de moscas (1995, cuentos) Jirones de nada (2001, poesía) y La plomada de Don Vitto (2004, cuentos).




