El castigo del culpable
Datos de publicación (revista completa):
Publicación: Revista Albores Caipell
Año de publicación: 2022
Número | volumen: 3 | 1
Link de visualización: https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a
Cita: Villanueva, F. (2022). El castigo del culpable. Revista Albores Caipell, 3(1), 47-48. https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a
Francois Villanueva Paravicino
Huamanga, Perú
«Qar», «qar», «qar», escuchaba aquellos gemidos en mis sueños, insistentes e ineludibles como si buscasen perseguirme hasta el fin del mundo; y, aunque deseaba despertar de una vez por todas, aquella especie de estribillo mortuorio me acorralaba con una somnolencia pesadillezca y me vencía con la impotencia, demorándome más en abrir los ojos y ver la realidad verdadera.
Yo que alquilo un departamento en Manhattan, New York, no entiendo cómo aquellos ataques de ilusión me trasladaban a un pueblo de las alturas de los Andes, con una plaza matriz en medio de un puñado de casitas de un solo piso y de material rústico, que, aunque parezca mentira, las calles están y se sienten deshabitadas y abandonadas como un pueblo fantasma.
Es recurrente que aparezca entre las sombras de tal alucinación aquel monstruo del que tanto temo y padezco, ya que hasta la soledad absoluta es aceptable en comparación con la presencia de dicho ser bestial, aquel fenómeno que no deja de chillar de forma grotesca: «qar», «qar», «qar», como si fuera una sentencia de muerte o el crepitar de las llamas del infierno.
Al buscarlo para atacarlo y liberarme de su horrible existencia, siempre lo encuentro en una de las calles más abandonadas y tristes de dicho poblado agonizante, de espaldas a mí, con aquel lomo de auquénido andino de fibras encrespadas y níveas, y con una nuca (pues es humana) y cabeza con cabellos femeninos que descansan sobre su oblongo y grueso cuello.
De inmediato, viene lo terrible. Aquella llama serrana gira su cabeza antropomórfica hacia donde yo lo miro con los pies tambaleantes, y puedo ver su horrible rostro humano y deforme, como un zombi en estado de descomposición, agusanado, putrefacto y, lo peor, sarcástico con mi susto, ya que puedo ver sus labios sonrientes estrenando unos gruesos dientes infectos, repitiendo una y otra vez:
―Qar, qar, qar…
Yo sabía que aquel demonio era un Qarqacha, pero algo me impedía recordarlo o nombrarlo de forma cabal, a secas como debería hacerlo. Tal vez el recuerdo de Maura, aquel ángel cándido y puro de las alturas de San Miguel, y cuya hermosa realeza no entendía cómo podría relacionarse con ese monstruo detestable; pero, oh cielos, quizás lo intuía y, al mismo tiempo, me odiaba con todas mis fuerzas.
Por ello, pese a todo, sé que con una soga o cuerda elaborada a base de lana de llama, junto con un crucifijo bendecido y un cuchillo de acero, podría asesinarlo y acabar con todo; pero en las malditas pesadillas uno solo es un títere o un polvo en el viento, sin capacidad de decidir o actuar por su propia voluntad, como un encarcelado que espera, segundo tras segundo, día tras día, la pena de muerte.
Ha sido casi un mes de noches turbias, donde luego de las enfermas elucubraciones mentales al dormir, ya no puedo disfrutar del descanso de los justos. Es como si el único sueño que puedo alcanzar durante un día fuese atacado por aquellas anomalías, con la finalidad de esquivarme, de prohibirme y de exiliarme del lecho de Morfeo, y yo fuera un apóstata insomne, desgraciado, maldito.
He dejado de ir a la universidad, he renunciado al trabajo de medio tiempo que tenía, y ahora solo he tratado de dormir, de forma inútil, con la esperanza de que practicarlo de día me salvará de aquel animal demoníaco y acosador de mis quimeras nocturnas. No obstante, más cruel es el terror de recordarlo de forma inconsciente, que impide que me hunda en las aguas oscuras del sueño, pese a las cortinas cerradas y las tinieblas de una especie de cárcel.
Si logro tal ansiado anhelo, ahí está él: grotesco, burlón, despreciable y horrible. Y ver su grotesca fisonomía me espabila la modorra y, al despertar con una electricidad en los nervios, los ojos los siento apañados por una nube turbia y una atmósfera recargada, que, de modo contradictorio, lamento haber abandonado aquel pérfido reino de la inconsciencia.
Esta noche, que desperté horrorizado antes de escribir estos apuntes, vino lo peor. Lo encontré en la ducha de mi departamento, al costado de los servicios. Como ya casi tenía grabado en mi atrofiada cabeza su deforme corporeidad animal y humana, no me asusté de golpe, sino que pensé: «Hasta que te apareces en el mundo real, monstruo asqueroso». Y recordé en un instante, como un relámpago en unos aires neblinosos, que en este mundo real y verdadero sí podría vencerlo, pues sabía cómo.
En unos microsegundos violentos, como si alguien me colocara unas gafas contra la miopía o el estrabismo, pude observar de modo cabal sus ojos sangrientos, de fuego, corrompidos y, oh diablos, enloquecedores, que, de inmediato, cual un golpe que recibiera en el pecho con arrebato, me hizo huir del baño, cerrarlo de forma estrepitosa, rezar varias oraciones y, sin embargo, no saber cómo proceder.
Ahora, mientras la luz del alba se filtra en una franja minúscula de las cortinas cerradas, he decidido acabar con mi vida. Toda la noche no he podido pegar los ojos y siempre he estado pendiente de la puerta del baño, temiendo que aquel demonio pudiera salir de forma salvaje y atacarme sin piedad; y también, es deber anotarlo, no me he podido liberar de su murmullo desesperanzador: «qar», «qar», «qar», y tampoco del brillo diabólico de su mirada.
Aquel ruido gutural y obsceno, que trituraba mis neuronas, junto con la satánica imagen de sus ojos, que se había cicatrizado en mi cerebro, me llevaron al extremo del delirio y del terror absoluto, y caí en el abismo de la desesperación y la paranoia. Por ello, ya saben a quién culpar de mi fatal decisión. Yo le echo la culpa de todo. Escribo esto con mis únicas fuerzas.
Relatado por Leandro castro
Acerca del autor
Egresado de la Maestría en Escritura Creativa por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM). Estudió Literatura en la UNMSM. Ha publicado Cuentos del Vraem (2017), El cautivo de blanco (2018), Los bajos mundos (2018), Cementerio prohibido (2019) y Azares dirigidos (2020). Textos suyos aparecen en páginas virtuales, antologías, revistas, diarios y/o, de su propio país como de países extranjeros. Mención especial del Primer Concurso de Relatos “Las cenizas de Welles” (2021) de España. Ganador del Concurso de Relato y Poesía Para Autopublicar (2020) de Colombia. Ganador del I Concurso de Cuento del Grupo Editorial Caja Negra (2019). Finalista del I Concurso Iberoamericano de Relatos BBVA-Casa de América “Los jóvenes cuentan




