El alquimista del desierto

Datos de publicación (revista completa):

Publicación: Revista Albores Caipell

Año de publicación: 2024

Número | volumen: 5 | 1

Link de visualización: https://www.calameo.com/read/006684502fe159c83f2fe

Cita: Amezcua, A. (2024). El alquimista del desierto. Revista Albores Caipell, 5(1), 74-78. https://www.calameo.com/books/006684502fe159c83f2fe

J. Azeem Amezcua

Un desierto. Aunque esa escenografía es solo un decir, la definición parece compleja porque es de esos elementos que al mencionarlos cada persona adquiere una imagen diferente en su imaginación. Un terreno llano de vaqueros o el de los camellos cerca de un oasis, tal vez otros. El mío es diferente, esa imagen se quedara para siempre.

Dunas de arena que se existen cerca y lejos sin poder contar los kilómetros que hay hasta llegar a otro lado. Donde una vuelta completa no va a mostrar más que la misma cabaña humilde donde empezó. Una vuelta completa caminando en la arena de norte a sur. Otra vuelta completa en la misma arena de este a oeste. Nadie más con quien empezar un dialogo. No por eso se puede decir que en esos cruces me moví completamente sola, ya que decenas de bestias desconocidas crecen y se desarrollan en todo ese camino.

Caballos o reptiles, con alas y colas largas, picos. Lobos, zorros o cerdos de patas largas y mucho pelaje. Es una mezcla nueva o especies demasiado antiguas que no puedo darles nombres conocidos. Solo intentar hacer una descripción de muchas características que he visto en otros animales, esos que sí están en mi mundo. Un lugar del que he recorrido muchos lugares, y siempre puedo encontrar a alguien más, así como especies que son seguras para la incertidumbre de mi cerebro. El otro lugar no era para nada así. Tenía más estrellas, todas las que hay. Soles, lunas.

Dibujarlo como un sueño lo hace algo fantástico. Cuando conocer un sitio así fue una realidad, solo queda intentar reforzar para mi propia alma que de verdad fue un sueño. Que nada de eso paso, excepto por un importante cambio que dejó en mí esa transición. Una transmutación que los mejores doctores y científicos no podrían describir.

Toda historia tiene un inicio. Siempre me ha gustado conocer lugares nuevos, únicos. Recomiendo para aquellos lectores que tengan valor de creer mis palabras, que tengan precaución con sus deseos. Mi intención fue desde joven recorrer todo el mundo, conocer muchos lugares, seguir aprendiendo de cada cultura. Me dijeron muchas veces que una mujer, sola no podía —o no debía— moverse sola por lugares extraños. Nadie hubiera adivinado que sus advertencias tenían razón en un sentido distinto. Al desconocer ese tipo de riesgos, me atreví a tomar los otros de los que si me hablaban. Fui muy feliz moviéndome por todos lados.

En cualquier lugar donde caminaba, no me limitaba solo a los sitios turísticos acostumbrados. Disfrutaba también de la soledad al pasearme por zonas menos concurridas, con más carga de magia y misterio. Porque acostumbrados a lo cotidiano se nos olvida que aún existe energía en el planeta que no se ha agotado del todo, o que aún falta por explorar. Con ese panorama, me encontraba explorando calles cerradas sin almas mortales transitando cerca de mí cuando encontré el camino del que tal vez alguna vez fue un río o un simple paso. Hermoso el panorama, fresco por el cielo nublado, atractivo por las notas verdes que salpicaban varias piedras en suelo y paredes. Fue imposible resistir la tentación de la soledad y no bajar a explorar con tacto directo los brillos de la naturaleza.

Hacía un lado, un camino con final desconocido se extendía entre muros profundos. Con una mirada ligera hacia el cielo se veían algunos muros de los edificios, después no lo podía saber. Al lado contrario era casi lo mismo, con la diferencia de un puente que ya no se utilizaba, también hecho de piedra. Desde lejos parecía normal, pero más cerca había ciertos grabados aleatorios raspados en diferentes huecos y salientes, tan borrosos que pasaban por formaciones naturales de la roca. Cualquier otra persona hubiera hecho lo mismo, sentir las líneas, dibujarlas lentamente con el dedo. Fueron algunos caracteres los que sentí con ese proceso, lo suficiente.

Nada particular parecía haber pasado. Ninguna trampa oculta, ningún tesoro. Decidía continuar la exploración del otro lado, para encontrar la manifestación de la magia. Al estar bajo el puente una luz solar imposible con la saturación nubosa en el cielo me dejó ciega. Mis pies no reaccionaron con coherencia, debieron frenarse con el disparo de luz. Pero me seguí moviendo. Siempre era así, la clave para alcanzar cualquier meta consiste en no quedarse quieto, rápido, lento, de frente o de costado, pero seguir en dinamismo. Tal vez fue un error. Al despejarse el rayo, ya no había puente, no había paredes de piedra, ni piso húmedo, ni cielo nublado.

Estaba en una cabaña de techo dema-siado alto, sin habitaciones, solo un piso con demasiados metros de largo, y otros más de ancho. Como si estuviera soñando me había transportado a un lugar que era imposible catalogar como taller de carpintería por la gran cantidad de puertas que había, o como un laboratorio científico por ciertos aparatos químicos y ciertas sustancias para mí desconocidas.

Me imagine desmayada en la piedra. En un abandono eterno al haber estado en una zona poco recurrente. Mientras mi conciencia estaba frente a un extraño personaje. Confundida, creí que era yo quien no entendía como el hombre intentaba comunicarse, pero en realidad estaba probando diferentes idiomas. Unas palabras que parecían canciones, y otros gruñidos salvajes, hasta que encontró mi idioma. No me daba más tranquilidad. ¿Estaba con un extraterrestre, con alguien de un futuro lejano, o de un pasado ya enterrado?

La explicación no se hizo esperar. Estaba en otro mundo o dimensión. Uno desértico hasta que el alquimista terminó ahí atrapado. Definió en términos generales su profesión, dedicado a explorar el significado de la vida desde la ciencia, en búsqueda de cómo alargara. En un golpe irónico lo logro al encontrar ese mundo que se convirtió en una prisión eterna.

Me mostró diagramas, símbolos, textos, y un sin fin de cosas que yo no sería capaz de interpretar de ninguna forma. Su conocimiento no se expandía a tanto, había logrado replicar de diferentes maneras la forma de llegar, pero no sabía cómo salir. Abriendo puertas alrededor de todos los mundos conocidos y desconocidos, conectando a través de su experiencia decenas de universos en uno mismo. Hasta el día de mi llegada había sido incapaz de encontrar a un solo ser inteligente que cruzara por uno de sus portales, siendo la razón de que hubiera puros animales en ese infinito desierto.

Al escucharlo me reí, confundiendo más a su intelecto y la aparente carencia de emociones del hombre. Tal vez la falta de costumbre a expresarlas. En ese mundo llevaba más de quinientos años sin tener la cuenta exacta con tanto tiempo. Por lo tanto, con mayor razón era imposible para mí creerlo, creer que no estaba en una alucinación. De ser real, debería estar frente a una pila de huesos o polvo.

En ese instante, no espere para escuchar la explicación completa del contexto de ese mundo. Vi una puerta en el extremo de uno de los muros de la cabaña y salí. Mi primer encuentro con las dunas de arena, animales exóticos, la noche eterna cargada de todas las estrellas y una melancolía al no despertar en mi propio mundo. Intenté llorar, incluso me esforcé pero fue imposible. Solo así me di cuenta que no estaba enojada, o triste. No odiaba al alquimista y sus experimentos. No tenía los sentimientos predominantes, invadía mi corazón la misma calma con la que el alquimista me contó todo. Me alcanzó cuando hice ese descubrimiento, la melancolía estaba en mi imaginación generada por la confusión del momento, pero mi ser carecía de emociones.

El solitario hombre —verdadero solitario— terminó su historia, explicación y teorías. Fue la primera advertencia de que el mundo estaba desierto, la cual no fui capaz de aceptar. Era imposible que no hubiera más civilización que él y yo. Presumió haberlo recorrido todo, en cada punto cardinal, para terminar en ese mismo lugar, la cabaña donde empezó todo en su propio mundo, su laboratorio. En ese mundo, no había dolor, fatiga o hambre, así mismo no había crecimiento, ni vejez ni enfermedad. Una locura. Todo lo comprobé por mi misma. Horas después de oír todo lo que el alquimista tenía que decirme, empecé a caminar y conocer el desierto. Conocer ese mundo de arena y eternidad.

Pasaron muchos años hasta que regresé al punto cero. Al ver la cabaña ni siquiera me detuve a saludar, caminé confiada, lista para explorar otro punto cardinal. Regresé a la misma cabaña. Debía ser una anciana, pero era la misma mujer joven que aterrizó en esa pesadilla. La reflexión de la edad no me dio suficiente experiencia para afrontar los dilemas cotidianos de la civilización, porque era verdad, ahí no había nadie más. En algún momento estuve lista para enfrentar al alquimista y dejar de moverme. Contrario a la filosofía que crie por pocos años comparado contra la ejecución. Al final me detuve.

El culpable de la desgracia de mi inmortalidad aún tenía cosas que contarme. No solo de su vida pasada, o de los estudios que había hecho de las criaturas que ahora habitaban esa dimensión. Tenía teorías más importantes de la conexión entre los mundos y de los motivos por los que no era capaz de cruzar ninguna de las cientos de puertas que había creado. Porque fue una pregunta que me hice constante en cada caminata. Si era capaz de crear una puerta para traer seres vivos e incluso objetos de otras dimensiones ¿por qué no era capaz de cruzar en alguna de ellas? Él no lo sabía, tampoco yo.

Sin embargo, una idea absurda cruzo por mi mente vieja. Con recuerdos casi desva-necidos de una vida muy antigua donde todo en el mundo tenía solución. Quizás las puertas fueran un vehículo solo de ida, por que ninguna de ellas tenía llave. Eran solo puertas que una vez abiertas, se cerraban de inmediato, lo que hacía imposible volver a abrirlas de manera oficial. Lo más cercano que tenía en los apuntes —de un idioma que con los años había inventado el alquimista inspirado en miles más— era el haber retenido unos segundos una de las puertas gracias a una manija improvisada. Pero de eso a tener una chapa o un cerrojo aún quedaba una distancia importante. El pensamiento que disparo mi mente después de leer varias veces cada informe y cada teoría fue: sí es imposible salir a través de una puerta, deberíamos intentarlo por una ventana.

Entre tantos pasos sin cansancio que mis piernas abandonaron en la arena, sí había un aprendizaje aunque fuera de apariencia superficial. La vida y mi ideología eran igual. Salir o entrar son solo términos. La definición de una especia son solo palabras. Moverte por una puerta es sencillo, pero hacerlo por una ventana puede dar el grado de dificultad necesario para desprenderse de un mundo completo. Una ventana, es una puerta que no necesita llave.

Mi historia es contada actualmente en un idioma que aún no recuerdo del todo porque esa idea funcionó. El alquimista de inmediato se puso a trabajar en una ventana cargada de la magia y ciencia exactas para convertirlas en un portal aleatorio a otro lugar. Uno que si tenía civilización. Hubo varios aterrizajes antes de regresar a mí mundo. No hubo problema porque de esa experiencia no solo se impregno en mí un conocimiento superior de diferentes dimensiones. Todo mi cuerpo cambió. No tengo emociones pero ahora tengo la opción de cumplir mi meta y conocer completamente mi mundo, cada rincón hasta que a través de las eras no quede más. Entonces seguiré a otro o a otros.


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