Desde adentro
Datos de publicación (revista completa):
Publicación: Revista Albores Caipell
Año de publicación: 2022
Número | volumen: 3 | 1
Link de visualización: https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a
Cita: Nalu B. (2022). Desde adentro. Revista Albores Caipell, 3(1), 66-68. https://www.calameo.com/books/00668450270cdc7176b1a
Nalu B
Querétaro, México
El doctor no me creyó. Si me cubría el ojo que me quedaba, todavía podía ver lo último que había visto con el otro, antes de que me lo quitaran. No recordaba, lo veía, como si tuviera una fotografía pegada adentro del párpado sumido. Era la nítida imagen de la cabina de controles de noche, a media luz, con ese brillo cálido y naranjoso de las paredes rojas. Suzume, la locutora nocturna, decía que era como el interior de un vientre materno. No solo por el color, también por el palpitar constante de la batería marcando el ritmo de las canciones: pum-pum, pum-pum, pum-pum.
Pensaba que Suzume estaba equivocada por dos razones. Uno, nadie puede recordar cómo era el interior de su madre antes de nacer y, dos, incluso si lo recordáramos el vientre no podría ser rojizo o anaranjado o de ningún otro color poque no hay manera de que la luz entre allí, menos a través de la piel. El interior de un cuerpo humano no es más que oscuridad, vísceras y sangre. Eso pensaba hasta que me quitaron mi ojo y comencé a ver el cuarto de controles cada vez que parpadeaba, como si llevara una lámpara adentro del cráneo.
Por eso no culpo del todo al doctor por no creerme. Una semana antes tampoco me habría creído. Por ejemplo, cuando tratan de explicar la manera en que un perro o una abeja o una vaca ven el mundo, solamente puedo preguntarme cómo chingados saben. De verdad, ¿se han asomado a través de sus ojos para estar seguros? Otro ejemplo: Don Milo, el conserje, además de miope, era daltónico, así que una vez agarro y le pregunto: A ver, ¿de qué color trae hoy la falda Suzume? Él me contestó que amarilla. ¿Y de qué color es su pelo? Y él: pues café. Y yo: ¿Y de qué color trae el bolso? Y él: pues rosado. ¿Entonces por qué dices que eres daltónico? Y él: porque me dijo el oculista. ¡Ajá! ¿Y cómo podía saberlo el oculista? ¿Cómo sabía que no era él el raro y por eso los demás le parecían daltónicos?
—¡Ah, canijo! —dijo Don Milo y se rascó esos pelos espinosos que tenía de barba—. Ya me dejaste pensando si no será todo una pinche conspiración para hacernos gastar en lentes.
Por eso después de la carraspera incrédula del doctor, no quería contarle a nadie. Probablemente no lo habría hecho si Suzume no fuera tan preguntona, pero debo reconocer que en parte fue un alivio contar lo que me pasaba a alguien que me creyera. No sé si sea una virtud o un defecto, la cosa es que Suzume tenía eso de creérselo todo. En la radio decíamos que por eso había regresado con su marido tantas veces. Esta era la octava y después de contarle lo de mi ojo y ver que me creía, me dio pena haberme burlado de ella y sí me sinceré y le dije: ya no vuelvas con el Quique, chinita, un gato tiene menos vidas y ese wey no va a cambiar, te lo digo como hombre.
—Ya sé —suspiró —. Es que tampoco quiero cambiar yo. No tienes que entenderlo.
Eso fue todo. Prometí no volver a meterme en los asuntos de Suzume. Cuando terminó mi incapacidad convencí a mi jefa de dejarme volver al nocturno. Al principio no quería, decía que si de por sí con dos ojos me había pasado lo que me había pasado, con uno solo, peor. Pero la neta no me acostumbraba a otro horario. La chinita leyéndole cuentos a la audiencia dormida era mi onda.
La vida habría sido agradable para este cíclope, de no ser porque una noche, al cerrar los ojos me di cuenta de que la imagen había cambiado. Me había memorizado los colores, el orden de los objetos y las sombras lo suficiente para estar seguro de que no veía lo mismo. La escena aparecía más oscura y las cosas que originalmente había en el escritorio estaban botadas por el suelo. Cuando le conté a Suzume de inmediato trató de encontrarle sentido. Me preguntó si no sería como eso que ocurre con las personas a quienes les han amputado una mano o una pierna y continúan recibiendo sensaciones desde los nervios amputados.
—Tal vez tengas que hacerle un funeral a tu ojo para que descanse en paz —sugirió. Me pregunté si lo decía enserio. De mi pobre ojo no había quedado más que un puré aplastado.
Esa misma noche, en el cabezazo que me vence cinco segundos puntualmente a las dos y media de la madrugada, la imagen había vuelto a cambiar. Esta vez había alguien en ella. Una silueta de rasgos velados por la penumbra. De pie contra la pared del fondo. Me levanté gritando y entré al locutorio donde la china leía los tweets de algún sonámbulo que comentaba sobre el cuento de esa noche.
—¿Qué carajo, Nacho? —exclamó mientras metía una canción para silenciar el micro—. Estás pálido. ¿Quieres vomitar? ¿Qué te pasa?
—Que se me metió una persona al ojo, no sé qué chingados. —Por primera vez desde que la conocía, Suzume tenía esa expresión vacía y pensativa a la vez—. ¿No me crees, verdad?
Antes de que respondiera parpadeé y durante el instante que volví a ver la escena, la silueta se había acercado. Así que me concentré en no parpadear. Le dije a Suzume que estaba yendo hacia mí. Eso pareció asustarla. Abrió la puerta del locutorio y llamó a Don Milo que dormía en la covacha. El don llegó con su piyama del Cruz Azul y un palo de escoba.
—¿Qué pasa, chinita? ¿Otra vez se quieren meter?
—No es eso, pero quédese, que andan espantando —contestó Suzume y le señaló una silla.
Don Milo abrió los ojos pero no preguntó más. Tenía fobia a hablar de cuestiones sobrenaturales. Por eso tomaba descanso cada jueves cuando venía el antropólogo ese del programa de leyendas urbanas. Como me acordé de él le pregunté a Suzume si creía que sería bueno llamarlo, solo que nadie tenía su contacto y el muy hippie no tenía ni Facebook.
A mí se me estaban secando los ojos, así que trataba de parpadear lo más brevemente que podía, pero de todas formas seguía viéndola. La persona ya se había acercado a un punto en que la luz le alumbraba la cara y entonces descubrí que la tenía como borrada. Suzume me preguntó si me recordaba a alguien conocido y dije que no, aunque me quedé pensando.
—No, sí se parece a alguien —dije. Don Milo se había autoinducido el sueño con tal de no escucharnos — ¿Te acuerdas de esa rola que pegó un buen que decía guan tú tri varias veces, así: guan tú tri, guan tú tri? ¿Viste el video? Has de cuenta que se parece a la chavita que sale bailando encuerada, pero la que veo tiene el pelo negro y la piel azul.
—No estaba encuerada, traía un leotardo—contestó Suzume —. Y en ese caso también se parece a la chica que salió en las noticias, la que encontraron en el río, ¿sí supiste? Tenía ese corte en la foto que postearon de ella cuando la estaban buscando, y pues la piel azul…
La recordaba: al siguiente parpadeo sus rasgos tomaron forma aunque sus ojos todavía estaban borrosos, chorreados como pintura. Había visto su cara en las fotos de Facebook. No tenía más de veinte y estaba desaparecida. Pasé las publicaciones casi sin detenerme. Ni siquiera pensé en compartirlas. ¿Para qué? ¿Cuántas chavas se pierden así y a cuántas recuperan? Sin embargo, no la recordaba particularmente por los carteles de búsqueda, sino por un video que comenzó a circular días antes de que la encontraran.
—Ya jodí, chinita —dije cuando lo entendí todo —, jodí, jodí, estoy jodido.
Suzume tomó una de mis manos entre las suyas y me dijo que no tuviera miedo. Me hubiera gustado creerle, pero yo sabía la verdad. Había visto ese video y no dije nada. Ni siquiera reconocí que era la misma chava que estaban buscando. Estaba en mi depa, me bajé los pantalones, hice lo mío y next. No reaccioné que era eso hasta que leí en los comentarios que alguien iba a reportarlo a la policía real o cibernética y postearon el cartel de búsqueda.
—Adiós, Suzume —dije. Le arrebaté mi mano, me cubrí los ojos y conté hasta diez mientras Suzume me tironeaba y me pedía que aguantara.
—No fuiste tú, Nacho, ni la conocías —dijo como si me leyera la mente —. La noche que la encontraron estábamos en urgencias por lo de tu ojo, acuérdate. ¡No tuviste nada que ver!
—No entiendes, la vi en una página de videos, y no me pregunté si estaba actuando o si de verdad la estaban lastimando —contesté —. Puedes sentir asco de mí, si quieres.
Suzume me soltó. La chica estaba pegada a mi cara. Me di cuenta de que tenía las cuencas oculares vacías pero de alguna manera me observaba. Echó el cuello hacia atrás y me golpeó con su cabeza pero contuve mi huida y dejé los ojos cerrados. Sentí sumergirme en la oscuridad y supe que no podía escapar de ella.
—Perdón por ver cómo te mataban y no hacer nada —musité.
Ella retrocedió unos pasos y sus ojos estaban allí. Me dedicó una mirada tristísima, como si tuviera más pena por mi destino que por el suyo. Caminó de espaldas hasta la pared y desapareció. Entonces sentí brotar las lágrimas y me llevé la mano a la cara: tenía mi ojo otra vez, como si nunca me lo hubieran quitado y estaba en la cabina de controles a oscuras. Las paredes rojas brillando anaranjadas de pronto parecían llamas y yo estaba allí, sin Suzume, sin Don Milo. Solo: enjaulado en una imagen incrustada en el vacío de mi interior.




