¡De un tiempo a esta parte, quiero ser mexicano!

Datos de publicación (revista completa):

Publicación: Revista Albores Caipell

Año de publicación: 2022

Número | volumen: 4 | 1

Link de visualización: https://www.calameo.com/read/0066845021e90245b8136

Cita: Auqui-Calle, F. (2022). ¡De un tiempo a esta parte, quiero ser mexicano! Revista Albores Caipell, 4(1), 12-13. https://www.calameo.com/books/0066845021e90245b8136

Freddy Auqui-Calle

Quito, Ecuador

Leyendo las crónicas del padre José de Acosta me he encontrado con un relato sugerente.  Los mexicas emprendían guerras con los pueblos vecinos por muchas razones: una de ellas se resumía en capturar enemigos para luego sacrificarlos. El ritual consistía en sacarles el corazón mientras los prisioneros estaban vivos. Ofrecían el sacrificio a los dioses y luego devoraban el corazón aun latiente y bebían su sangre.

Esto le dijo Moctezuma cuando el Marqués del Valle —en 1519— le preguntó que siendo tan poderoso y habiendo conquistado tantos reinos, por qué razones no había sojuzgado a los habitantes de la provincia de Tlaxcala, que tan cerca estaba.

Por dos razones contestó el gran Moctezuma. Para tener de donde sacar cautivos para los sacrificios y, para que la juventud mexica se ejercitara de cuando en cuando y no creciera ociosa.

Maravillado por este relato, la mañana se me ha ido volando. Tengo un amigo historiador a quien he llamado para consultar si lo que cuenta el padre José de Acosta tiene asidero. —Sí, ha dicho Enrique Ayala, no cabe duda, en ese tipo de oficios, los mexicas fueron los mejores…

—¿Y los incas?, pregunté.

—No, comparados con los mexicas los incas fueron blandos.

He agradecido el dato a mi amigo Enrique y he colgado el teléfono. Por la tarde, di dos clases en zoom y luego volví a la lectura de las crónicas.  El relato continúa en el mismo tono…  En las siguientes páginas Acosta habla sobre otro género de sacrificios: sobre una fiesta que se denominaba Tlacaxipebualiztli, que consistía en el desollamiento de cientos de hombres. Luego continúa con los usos mortuorios de esos cuerpos… ¡Para que les cuento!

Y así, embriagado por esas imágenes me he quedado dormido con el libro sobre el pecho. 

En un par de horas me desperté y salí a tomar un poco de aire en el balcón.

Es de noche. La luna me ha arrancado un anhelo.

¡De un tiempo a esta parte, quiero ser mexicano siempre!


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